«Hay muchos que serían peores que Videla»

Argentinian author Jorge Luis Borges poses on May 20, 1979 in Paris,France.

Esta entrevista a Jorge Luis Borges, una versión de la que había sido publicada por la revista Newsweek y que en su hora causó escozor, fue publicada en la sección cultural de El Diario de Caracas en 1982. Se respetan tanto el título como el sumario original

Cuando se haga la edición póstuma de las obras completas del escritor argentino, el tomo dedicado a sus reportajes va a resultar más voluminoso que el que contenga su prosa o poesía. Y no será mucho menor el que incluya sólo sus sucesivas contradicciones: se complace en desmentirse sucesivamente. Su reciente conversación con Newsweek ratifica lo que parece su deseo de hacer «buena letra» ante la socialdemocracia sueca y otras obsesiones.

Jorge Luis Borges es, desde hace mucho tiempo, uno de los escritores más famosos y respetados de la lengua hispana. Recientemente comenzó a criticar a la dictadura militar argentina. Borges apoyó a los generales cuando derrocaron a la ex presidente Isabel Perón y a su partido peronista, hace cuatro años. Ahora, a los 81 años de edad, Borges es un hombre frágil y ciego. Sin embargo, se ha convertido en un enérgico cruzado de los derechos humanos. Estos son extractos de su reciente conversación con Larry Rother y Richard Steele, en su hogar bonaerense.

—La gente piensa que los argentinos o tienen miedo del gobierno, o son tan apáticos que dicen: «No podemos hacer nada». ¿Cree que es cierto?

—Creo que no merecemos una democracia. Cuando elegimos, elegimos a Perón o a alguien de ese tipo. Personalmente, soy anarquista. No creo en gobiernos.

—¿Cree que la gente quiere democracia?

—Quizás este gobierno militar es un mal necesario y debemos soportarlo, ya que una democracia sería aún peor.

—¿Por qué sería peor?

—Porque escogeríamos a algún bribón, a algún actor. Los políticos son gente cuya profesión consiste en hacer muecas, en sonreír, en conceder. ¿Qué se puede esperar de ellos?

—Muchos nos han dicho que si mañana se realizaran elecciones libres, ganarían los peronistas.

—Sí, supongo que sí.

—¿Eso sería malo para Argentina?

—Sí, por supuesto. Mire, yo he vivido bajo el peronismo. Cuando supe que Perón regresaba, me fui, naturalmente. Pero mi madre, mi hermana, y uno de mis sobrinos fueron encarcelados. Todo el país vivía en la corrupción, y lo más extraño es que nadie lo tomaba en serio. Los peronistas con los que a veces me topaba me decían «Bueno, no somos tontos como para tomarlos en serio». Los peronistas acostumbraban a contarme chistes subidos de color sobre Eva Perón. Esas bromas querían decir: «Bueno, somos peronistas, aunque sabemos que Eva Perón es una puta y que Perón es un cornudo. Pero esas cosas no importan. Estamos poniendo dinero en nuestros bolsillos, y eso es lo que cuenta». El país estaba corrompido; fue saqueado y vaciado.

—Eso pasó dos veces, durante los gobiernos peronistas

—Y podría pasar una tercera vez.

—¿Cómo?

—Me pregunto si somos un pueblo inteligente. Le repito que no creo comprender a mi país. Primero, tuvimos bombas provenientes de los peronistas y de los comunistas. Ahora tenemos asesinatos en silencio. La gente es secuestrada y luego ejecutada. Eso continúa pasando. Hubo una declaración oficial diciendo que en 1980 fueron arrestadas 812 personas. Pero 812 es una cantidad considerable. Caín mató a Abel una sola vez, Jesucristo fue crucificado sólo una vez. Aunque algo horrible sucede una sola vez, no debe ser pasado por alto.

—Hace poco usted firmó una petición solicitando que el gobierno revelara lo ocurrido con los desaparecidos, la gente que ha desaparecido misteriosamente. ¿Por qué lo hizo?

—No estaba pensando en términos políticos, sino en términos éticos, que para mí son mucho más importantes que la mera política.

—Hace años que hay desapariciones. ¿Por qué firmó esta petición ahora?

—Lo intenté un año atrás. Pensé que mi nombre significaría algo, pero nadie más quiso firmarla. Esta vez vino gente a verme. Vinieron algunas señoras. Comenzaron a llorar. Dijeron cosas como: «No he tenido noticias de mi hija en los dos últimos años». No eran actores, no era una representación. Era real, y lo sentí. Es cierto que yo debería haber actuado antes. Pero no encontré ayuda. La gente tenía miedo. Decían: «Bueno, después de todo, este gobierno nos ha librado del terrorismo». Pero ahora tenemos un tipo de terrorismo diferente. En lugar de bombas ruidosas, hay asesinatos en silencio, secuestros y ejecuciones.

—¿Y esas peticiones sirven para algo?

—No, no creo que sirvan. Son bastantes inútiles. Pero no pienso en ser útil. Quiero sentir que estoy haciendo lo justo. Soy consciente de que estoy siendo usado por la izquierda, por los comunistas o los peronistas, que no son nada mejores. Aporto lo mejor de mí. Quizás mi aporte sea inútil, pero contribuyo. No quiero pensar que soy cómplice de todo esto.

—¿Qué opina del presidente Jorge Rafael Videla?

—Su gobierno ha sido bastante justo conmigo en lo personal. Creo que Videla es un caballero, y  tiene que soportar estas cosas. Hay muchos que serían peor que él.

—Usted ha dicho, en varias oportunidades, que no existe una literatura latinoamericana. ¿Qué quiso decir con eso?

—Lo que quiero decir es que nadie piensa en sí mismo como en un latinoamericano. Yo pienso en mi mismo como un argentino, o quizás un porteño. Un mexicano piensa que es mexicano, y no latinoamericano. Cuando alguien comience a pensar en sí mismo como latinoamericano, entonces existirá América Latina.

—Todos los años usted es mencionado como el principal candidato para el premio Nobel de literatura. Y todos los años el premio es adjudicado a otra persona. ¿No le molesta no haber recibido el Nobel?

—¿Por qué debería molestarme? En la vida ocurren cosas horribles. En realidad, quizás vivir sea algo espantoso. Estar ciego, como yo, ser viejo, como yo, haber estado enamorado sin ser correspondido: todo eso es espantoso. De modo que el premio Nobel es una insignificancia, y me sentiría agradecido si lo obtuviera, pero seguiría siendo algo sin demasiada importancia. Si me lo otorgan, me sentiré muy feliz. Pero si no llego a ganarlo, ciertamente tendré otras cosas en que pensar.

—¿Continúa escribiendo?

—¿Qué otra cosa puedo hacer, más que seguir escribiendo, seguir soñando?