Rafael Cadenas en Las Palmas de Gran Canaria

Rafael Cadenas en 2015, en la plaza Altamira de Caracas. FOTO: Giuseppe Di Loreto.

Ha estado cinco días en la capital de Gran Canaria (le asombra la pulcritud de sus calles). Ha conversado y se ha tomado un buen vino blanco. Fue invitado por la Nueva Asociación Canaria para la Edición, NACE, aprovechando una gira que una fundación le ha preparado mediante la coordinación del escritor Antonio López Ortega. De Las Palmas marcha este domingo a Tenerife, y luego a la península

 

Sebastián de la Nuez

Ha traído a esta sequedad la fragancia del misterio. Rafael Cadenas tiene en Editorial Pre-Textos los títulos Obra entera, En torno a Basho y otros asuntos y Sobre abierto; hay mucho material sobre él en internet y, en este mismo blog, varias entradas. Camina verbalmente a paso sosegado. Todo en torno a él es serenidad, aun cuando hable del país que le duele tanto y cuya situación probablemente lo exaspere. Sigue apasionado por una costumbre inveterada: aunque vaya a El Corte Inglés solo por acompañar a su mujer que ha de comprar un cable para una nieta, él queda enganchado a los mesones de libros de la planta baja del local en la avenida Mesa y López. No lo puede evitar. Lo atrae todo o casi todo. En cierto momento protesta: «Todavía siguen editando libros sobre el Che Guevara».

Lleva como dos años sin poder comprar un libro en su país. Si lo hace, gasta la mitad del sueldo que le pagan por su jubilación como profesor universitario. En un solo libro. No es el mejor paisaje, desde luego, para una persona a quien le gusta leer, por lo general, hasta la madrugada.

Dios es una palab ra muy cargada, dice. ¿Ente supremo? “Pero Dios no puede ser un ente. Un ente es esta mesa. Nosotros, la gente, somos entes”. Uno de sus autores favoritos, Antonio Machado, lo pone así:

Un Dios existente sería espantoso; ¡Dios nos libre de eso!

Quizás Dios sea simplemente la naturaleza. De Dios y de otros asuntos habló, así como de libros, poetas queridos y democracias destruidas en una entrevista compartida en el palacete Rodríguez Quegles este jueves 21 de septiembre en la tarde, un sitio de la calle Benito Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria. Es una antigua casona familiar en medio de la ciudad que ahora es propiedad del cabildo insular. Hay oficinas del departamento o concejalía de Cultura allí.

 

RECUERDOS QUE SE MEZCLAN

Recordó ante un auditorio de venezolanos y canarios aquel tiempo, a principios de los cincuenta, cuando él con un grupo de estudiantes tomó —o al menos lo intentó— la Universidad Central de Venezuela que entonces quedaba en el propio centro de Caracas. Era la época del general Marcos Pérez Jiménez. Pasó unos cinco meses en la cárcel y luego lo expulsaron del país. Estuvo cuatro años en Trinidad, colonia británica. Se convirtió en súbdito de la reina. De allí salieron Una isla y Los cuadernos del destierro, sus primeras publicaciones. Regresó en 1956 y en los sesenta pudo comenzar a estudiar Letras en la UCV. Trabajaba en El Nacional como corrector de pruebas, mientras tanto.

A lo largo de la historia [en Venezuela] casi todos los presidentes han sido militares y, bueno, seguimos en lo mismo.

Musita esas palabras con cierta monotonía en la voz, como recalcando el aciago mandato que el propio pueblo se ha dado. Cadenas es un representante genuino de la generación de los sesenta, cuando varios artistas rebeldes expusieron sus obras revulsivas; en el marco de la gran utopía compartida se desataban grupos inquietos de intelectuales, discusiones, revistas de poesía, humor, narrativa y política. Cadenas fue de Tabla Redonda, cuyos miembros eran admiradores, como casi todos los escritores e intelectuales del mundo en aquel momento, de la revolución cubana. Incluso recibían y leían el pasquín Lunes de Revolución.

Eso cambió porque nos dimos cuenta de que la gesta de los Castro fue poco a poco convirtiéndose en su propia negación.

Habló también del lenguaje: de su decadencia o utilización para hacer política del resentimiento y de las tergiversaciones. El poeta suele apelar, en este punto, a otro autor de sus preferencias: el austríaco Karl Kraus, a quien le tocó vivir entre Hitler y Stalin. Decía Kraus que, como parte del contexto, el lenguaje estaba contaminado y enfermo por la podredumbre general. Y da Rafael Cadenas un consejo a todo aquel que quiera escucharlo (ya lo hizo, por ejemplo, en México cuando recibió el premio mayor de la feria del libro de Guadalajara):

Cuiden su democracia aunque esté llena de fallas porque puede aparecer un caudillo que utilice a la misma democracia para destruirla.

El autor de Derrota, el hombre que a través de su palabra sabe entablar un diálogo democrático consigo mismo y con sus lectores, ha estado desde el pasado martes 19 en Las Palmas y sigue hasta el domingo 24. Ha recorrido Triana y sus alrededores: a veces doblado por el peso del cansancio pero siempre entusiasmado con el entorno, con la charla cercana. Entre el monumento al viento de Martín Chirino y esta calle que rinde homenaje al más grande escritor canario de todos los tiempos, Pérez Galdós, ha marchado poco a poco con su cartera de lona color beige donde lleva Contestaciones, el libro que le ha publicado la Fundación para la Cultura Urbana en Caracas pero que no ha llegado a Canarias. Hay muchas cosas de él, y de otros autores importantes como Eugenio Montejo o José Antonio Ramos Sucre, que tampoco han llegado a Canarias. Algo falla en el intercambio, si es que lo hay.

En lo que atisba un banco allí se sienta a descansar su corpachón dolorido, y otro tanto hace Milena, su compañera que habla con el enchufe a tierra todo el tiempo, vivaz y espontánea como nadie.

Es esta la tarde del 21 y al rato de sentarse en el banco frente al palacete Rodríguez Quegles se aparecen varias personas para que les firme algún libro. Alguien lo trata de maestro pero a él no le convence, para nada. Rafael es Rafael y nada más. Hoy, la librería Canaima trae los títulos de Pre-Textos pues sabe que allí estará conversando sobre su obra y su vida. Al día siguiente también, pues habrá un intercambio de versos con Manuel Díaz Martínez, Aquiles García Brito y Antonio Arroyo, poetas locales.

Cadenas parte hacia Tenerife, donde lo esperan académicos de la Universidad de La Laguna, y después, A Coruña, Salamanca, León y Madrid. Lo conocen y reconocen en España.