En torno a la idea del hay

Rafael Cadenas en el Instituto Cervantes, el lunes 9/10 por la noche.

Rafael Cadenas, de visita en estos días por España, tiene en este texto una referencia fundamental. Lo utilizó en sus clases en la UCV, dentro de la asignatura Literatura y Vida. Pertenece al escritor y pintor francés Carlo Suarès (1892-1976), nacido en Alejandría: Hay. El colombiano Darío Jaramillo Agudelo —quien hace la introducción a su Obra entera publicada por Pre-Textos— habla de la constante preocupación de Cadenas por el misterio esencial del mundo. Intenta siempre traspasar el umbral de la conciencia. Pues bien: este texto camina en esa dirección

 

Hay. Es una constatación. Hay… tal es mi constatación de base. Hay un universo. Hay luz. Hay luces. Hay una tierra con una atmósfera respirable. Hay vida. Hay movimiento. Y hay conciencia de todo eso. Hay una conciencia humana frente a todo eso, que experimenta la necesidad de constatar “hay”, y ninguna otra cosa. Hay, y es todo. Hay, y no ir más lejos. ¿Por qué? Porque “hay” es incomprensible. Que haya… que haya algo… que haya cualquier cosa, es incomprensible.

La presencia de un solo grano de arena entraña un misterio que confunde a la imaginación. Yo me penetro de esta idea, esta contemplación, este estupor. Estoy tan lleno de ella que no queda espacio en mi espíritu para ninguna religión de ningún tipo. Mis amigos cristianos, judíos, musulmanes, bracmanes, me dicen que sus respectivas religiones son las únicas verdaderas, verdaderamente reveladas. Para cada uno de ellos la suya es una revelación. Y cuando yo examino la naturaleza de estas “revelaciones”, veo que el misterio de los misterios, el “hay” en estado puro, en estado inasimilable, insoportable, ha sido disfrazado, cocinado, transformado en algo masticable por cada religión, a fin de alejar los espíritus de la simple constatación de que vivimos en un mundo impensable. ¿El misterio del “hay”? Pero si es sencillo. El universo, gracias a un ser doblemente misterioso, ha sido creado en virtud de un triple misterio… (¿No lo sabía usted? Ah, es cierto). O bien un ser doblemente misterioso, Bracma, sueña el universo; el triple misterio no es creación, es sueño… (¿No lo sabía?, pregunta otra vez el dragón al soñador; ah, pero es cierto).

He allí a qué se reducen las falsas evidencias de las religiones que se dicen reveladas: añaden dos misterios al misterio, y los relatos infantiles que de todo ello resultan adormecen los espíritus en las falsas explicaciones. El misterio real, inmediato, actual, constante, aquí, presente, a toda hora del día y de la noche, el “hay” es de este modo escamoteado, sumido en las tinieblas de los santuarios, arrojado a un ayer que no existe (el mundo “ha sido creado”, puesto que está hecho, no lo piense más) o a un mañana también irreal (cuando muera, usted lo sabrá todo). Cuanto menos explicativa es la explicación, más convincente resulta. La consecuencia es que el Creyente se echa a dormir más en la medida en que es más creyente.

Mientras tanto, hay. Hay, en todo momento, causa y efecto, presentes, en el presente. Y mi indestructible voluntad lúcida de no adormecerme con explicaciones. No hay “primera causa”: hay causa, en este instante mismo, operante y viviente, como fue siempre, puesto que hay. Nada es efecto, todo es causa, ya que todo es causa de esto: hay. Se me enseña que el universo existe desde hace dos billones de años, que no existe sino hace dos billones de años, y también que es finito, cerrado en su curvatura. Así mi espíritu es transportado al período anterior a estos dos billones de años, cuando quizá no había nada y al inconcebible no−espacio implícito en la noción  de un Universo finito. No me debo distraer por estas consideraciones: antes de esos dos billones de años había un “habrá” puesto que ahora hay. “Habrá” es un “hay” pues un “hay” en potencia es algo, no es una nada. Que ese Universo esté en estado de expansión hasta que explote un día en lo no manifestado y recomience, es un ciclo, que si existe, no confunde más mi razón que la impensable presencia de este grano de arena. La presencia del menor de los objetos contiene la totalidad misteriosa de impensable. Percibo esto y lo sé, como puede percibirlo y saberlo cada quien, haciendo así el recorrido de todo lo que los hombres han inventado en el curso de los siglos para explicar lo inexplicable y pensar lo impensable, y rechazando todo, por pueril e ininteligente. Así, mi constatación, la más sencilla, la más desnuda, la única que no puede ser discutida, la única universal: hay; esta constatación que surge de mi voluntad de percibirla en toda su desnudez y prohibir a mi espíritu todas las vías de evasión, todas las representaciones, todos los conceptos, en suma, todo lo que constituye el pensamiento mismo; esta contemplación pura y simple del hecho “hay”, que sólo puede darse mediante la percepción aguda de la imposibilidad que tiene mi razón de trascenderse; este acto de consciencia, si es verdaderamente despojado, trae, en verdad, el fin de todo el saber y de todas las búsquedas. Esta percepción es la centella creadora que estalla en el seno de un espíritu suspendido en sí mismo, en estado de constatación.

Esta constatación no es ni objetiva ni subjetiva. Hay, y hay conciencia del hay, no conciencia de mí mismo constatando el hay, sino conciencia emanando del hay, constatando el hay, sin dejarse atrasar por consideraciones secundarias como “yo” o “yo soy” o “yo pienso”, o cualquier otra invención del espíritu pues carecen totalmente de interés: hay, es suficiente, en su plenitud. Desde que los hombres se trasmiten de generación en generación las cuentas de sus disputas respecto al Conocimiento, unos proclaman que el Universo es engendrado por una conciencia, otros que la conciencia es el producto de la naturaleza. A lo largo de este combate quimérico, que todavía dura, ambas partes olvidan que si primeramente hay conciencia o primeramente naturaleza, o concomitantemente conciencia y naturaleza o naturaleza y conciencia, se está en el mismo punto, frente al impensable hay. Así, el angustioso problema de lo subjetivo y lo objetivo, del yo que observa y el mundo exterior que es observado, sólo existe como angustia y como problema cuando uno se evade de la constatación: hay, en su desnudez.

Me digo: hay constatación del hay. No me digo: pienso el hay. Pienso que constato, es evidente que yo constato que constato. Así, mi constatación  es pensamiento en tanto que constatación, pero la constatación en sí no es pensamiento, pues el hay es impensable. Sé por qué es impensable: el hay es continuo de espacio−tiempo que yo no puedo concebir. No puedo concebirlo porque mi pensamiento sólo existe y funciona mediante una disociación  del espacio y del tiempo.

 

  • Fragmento del Capítulo VII, titulado «Hay», del libro de Carlo Suarès Critique de la raison impure. Traducción de Rafael Cadenas para uso docente.