Ganarás la luz, Madrid

En estos días prenavideños recrudece la marea en la Gran Vía: toneladas de gente de un lado a otro, colas dentro de la baratísima Primark, colas frente a un puesto de […]

En estos días prenavideños recrudece la marea en la Gran Vía: toneladas de gente de un lado a otro, colas dentro de la baratísima Primark, colas frente a un puesto de loterías (por Callao) que al parecer atrae la suerte. Madrid es ludópata, está en la FIL de Guadalajara, El Rastro sigue siendo un bululú atractivo y la ciudad es vista desde diferentes ángulos por los colaboradores de la Revista eñe. La capital del Reino ofrece múltiples lecturas

 

Sebastián de la Nuez

Eñe le dedica su último número hasta hoy, el 52. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que se está celebrando esta semana, hace fiesta en honor a la casquivana vocación literaria de Madrid, la de Azorín, Valle Inclán, Umbral y tantos otros que han sido, y son desde sus libros eternos, genio y figura hasta la sepultura.

Vuelve a estar de moda, probablemente nunca ha dejado de estarlo desde que en los ochenta se destapó, escapando de la calceta para pregonar cosas tan soeces como la puñeta. De la mano de sus iconos audaces —Almodóvar, Bibi Anderson, Alaska, Peor Imposible, entre otros— se lanzó hacia la modernidad bajándoles las bragas a las chicas, y a los chicos también.

Desde el antiguo edificio de Correos, cerca de El Prado, la ciudad muestra su solidaridad con los que llegan.

En la ciudad del oso y el madroño hoy los venezolanos andan por todas partes. Por todas. Pero en especial se les puede encontrar en un par de lugares que ya van siendo emblemáticos: Cesta República, en una calle llamada Válgame Dios (cerca del verdadero lugar donde se casó Simón Bolívar) y el restaurant La Candelita, donde se ha asociado una pareja de editores criollos que incursiona en la restauración. En estos sitios la diáspora no es diáspora sino voz con acento familiar que come tequeños y lleva un aire de nostalgia en sus conversaciones. Madrid me mata, Madrid de turistas italianos y japoneses que hacen cola frente al Museo del Prado; Madrid de la bella mole Metrópolis; Madrid de Goya y Velásquez pues están allí viviendo y ninguna otra ciudad se puede jactar de lo mismo.

Mercedes Cebrián dice en eñe que un taxi madrileño es una fábrica de odio. Eso no es cierto. No a menos que intentes pagar con un billete de cincuenta. Rosa Montero dice, a su vez, que el Madrid de su infancia era pobre y gris. Eso es cierto, pero no solo en la infancia de la periodista sino en la mayor parte de las infancias madrileñas hasta que Franco estiró la pata, o hasta que la Unión Europea hizo que España se pusiera las pilas. También escriben en el 52 otros periodistas como Juan Cruz y Jesús Ceberio: todos relacionados con El País, y es lógico, pues este ha sido el periódico que ha dado lecciones de periodismo a todo el mundo hispanoparlante.

Pero lo mejor de Madrid, aparte de sus periodistas estrellas y «celebrities» supervivientes de los 80; aparte de sus edificios en la Gran Vía que quitan el hipo —también lo quita Primark, un hormiguero día y noche donde la gente se despedaza por comprar a precios de gallina flaca—, es El Rastro. Esta nota la encabeza una imagen de El Rastro un día domingo de hace un año o más. Ahí consigues, en esa parte donde emergen anticuarios, libreros de vejestudes, oscuros antros de cachivaches variopintos, un Madrid del desván que es un viaje a la sensibilidad retro. O vintage.

Como lo dice otro de los colaboradores de eñe, Roberto Santiago, a veces Puerta del Sol se convierte en una borrachera de emociones y sueños, como cuando ganó un partido de izquierdas en 1982 luego de muchos años. Pero el propio Rastro, si no fuera por ese gentío que es un océano de sudores espesos, también puede ser una borrachera. Muchos sitios de Madrid pueden ser una borrachera de las que no dejan  ratón sino elefante. Hay Madrid para todos los placeres y para todos los desaguisados. En El Rastro, incluso, puedes darle la espalda a Salvador Dalí.