Lo que queda de un patriota derrotado

Juan Negrín ha sido un personaje tergiversado o subvalorado en la península y bastante ignorado en Canarias. La Fundación que lleva su nombre, en el barrio de Vegueta (Las Palmas de Gran Canaria), trata de poner las cosas en su sitio

 

Sebastián de la Nuez

Fue un científico visionario, un patriota, un intelectual inquieto. Hasta no hace mucho, una figura histórica deformada; con la frase resistir es vencer se equivocó de bola a bola y perpetuó la agonía de una guerra cruenta. Pero era en lo que creía.

Los socialistas de España, donde se estila tanto el cobro de cuentas atrasadas aun cuando no estén claras, lo echaron de sus filas. Merece estudios y balances menos apasionados, más objetivos.

Negrín fue ministro de Hacienda durante la Segunda República y jefe de gobierno desde mayo de 1937, en plena Guerra Civil. En la calle Triana de Las Palmas le hicieron una estatua que lo retrata más esbelto de lo que fue. Al menos, en las fotos y en vídeos se le ve más bien grueso, con lentes y de cuello corto. El hispanista Gabriel Jackson —escribió una de las mejores biografías de Negrín junto con la de Moradiellos— dice que estuvo varias semanas en Canarias tratando de indagar en los orígenes familiares y en sus primeros 14 años de vida hasta marchar a Alemania: obtuvo escasa información. Al norteamericano le pareció curioso cierto desentendimiento de sus coterráneos, un desinterés general sobre su peripecia vital. Juan Negrín fue, ante todo o después de todo, un científico con intereses diversos prestado por azares del destino a la máxima responsabilidad dentro de una causa política perdida, la Segunda República, a mitad de una lucha fratricida. En la primera página de su libro, Jackson lo mira de este modo:

Si no hubiera tenido lugar la revolución republicana de 1931 y la Guerra Civil cinco años más tarde, el doctor Juan Negrín López probablemente hubiese pasado  su vida adulta como fisiólogo y médico de familia, gestor académico, apasionado de la música y de las artes, empedernido coleccionista de libros y estudiante de lenguas para las que tenía un talento destacado.

Juan Negrín es o ha sido, quizás, mejor conocido fuera de las fronteras españolas. Los hispanistas han tenido una visión más objetiva de lo que sucedió. Las puertas hacia el conocimiento pleno de los hechos históricos siguen, hoy, impregnadas de polémica en España. A los cincuenta años de su fallecimiento es cuando el Partido Socialista Obrero Español, que lo había arrojado de sus filas, le restituye simbólicamente el carnet. Siempre privó la mala fama por lo del oro de Moscú y su cacareada proximidad a Stalin. Sin embargo, aparte de comentarios y supuestos, no hubo jamás documentación alguna que avalara tal proximidad. Indalecio Prieto, que fue su ministro durante algún tiempo, inventó patrañas.

 

LA CIENCIA Y LA GUERRA

La Fundación en Vegueta es un caserón antiguo convertido en guarda y custodia del archivo de Negrín, invalorable como fuente histórica. Se trasladó este archivo desde Francia y Carmen Negrín, heredera que vive en París (ver entrevista aquí), fue la protagonista. Es su nieta, hija de Rómulo, el hijo mediano de Negrín con una rusa. Los otros dos fueron Juan, el primogénito, y Miguel, el más pequeño (hubo dos hijas, pero fallecieron siendo muy niñas por causas diferentes). Hoy en día, todos sus hijos han muerto ya.

Juan Jr. tuvo también, junto a Carmen, participación importante en el traslado de este archivo a la Fundación en Las Palmas, así como el cabildo de la ciudad. El archivo permaneció hasta hace unos diez años en dos lugares de Francia: una parte en Toulouse, donde vivía Juan Jr., y la otra en París, con Carmen. Ella no quería que el archivo fuese trasladado a otro sitio sino a Gran Canaria. El cabildo cedió el edificio y preparó la cámara para el archivo, alma actual de la Fundación por la gran riqueza de documentos que contiene.

Al terminar la guerra, entre Prieto y Negrín hubo un distanciamiento importante. Prieto lo difamó utilizando argumentos falsos. Por eso, Juan Junior y Carmen siempre tuvieron mucho recelo en cuanto a poner a la orden de los investigadores el material que les había sido legado. De allí, en parte, que los estudiosos del tema de la Guerra Civil dijeran que era un personaje fundamentalmente desconocido. Los directivos de la Fundación terminaron por convencer a los herederos o, específicamente, a la heredera. “Cuando miras su literatura, lees por encima los textos que dejó, comprendes su dimensión no solo como político sino como científico. Hay que tener en cuenta que Negrín, ante todo, era científico”, dice uno de los profesionales que colabora con la Fundación.

 

LA MEMORIA

Dato adicional sobre Negrín, demostración de cómo un país en estado revulsivo cambia los destinos de sus ciudadanos: deseaba, en principio, irse a perfeccionar como fisiólogo a Estados Unidos, y no lo hace porque Santiago Ramón y Cajal le pide, teniendo él apenas 24 años, que se encargue de uno de los laboratorios en la Junta para la Ampliación de Estudios (Residencia de Estudiantes). Dice que sí, y desde ese momento, en esa Junta, se imbuye de su filosofía, la institución libre de enseñanza, y por extensión, se imbuye de ese sentimiento republicano que se está generando en España con sus deseos de europeización, de modernidad. Su ambición de crear una escuela de fisiología no prospera: muchos especialistas y científicos han de salir al exilio y México se favorece no solo en lo atinente a esa disciplina sino en otras especialidades como farmacología, cardiología, bioquímica, pues llegan profesores que han salido del laboratorio de fisiología de Negrín.

Abandonó una carrera prometedora. Fue discípulo de un Premio Nobel y profesor de otro Premio Nobel, Severo Ochoa. Abandona una trayectoria personal indiscutible y se embarca en otra batalla. Había sido antes de la contienda, además, secretario de la comisión de obras del naciente campus de la Ciudad Universitaria, hoy Universidad Complutense. Estaba prácticamente concluido pero luego fue casi destruido por los bombardeos.

—Fue una persona generosa, comprometida —dice con amargura este conocedor de su obra, uno de los responsables, ahora, de contribuir a perpetuar su memoria más transparente.

La memoria, esa señora huidiza a la que le faltan el respeto los tirapiedras, los ignorantes, los guardianes de alguna cuenta por pagar.

 

DOLOR PARA SIEMPRE

Carmen, la nieta de Negrín, dice en el prólogo del libro editado con motivo de la exposición  Juan Negrín, médico y jefe de gobierno 1892-1956 que en los últimos tiempos a su abuelo le seguía doliendo España. «Le dolía porque sabía del sufrimiento de sus compatriotas, tanto de los desarraigados como de los que quedaron en su tierra, soportando en silencio».

Todos o casi todos los libros sobre la peripecia política de Negrín destacan lo que ha pasado a los anales de la Historia como El oro de Moscú. Llevará ese sambenito en la vida y en la eternidad. «Ya estoy harto de este cuento del oro», dijo en 1956, poco antes de morir, a un periodista. Fue su idea exportar a Moscú la mayor parte de las reservas en oro durante aquellos días aciagos de 1937 pues Francia e Inglaterra querían ahogar económicamente a la república y la república necesitaba desesperadamente comprar armas. «Al éxito de Negrín en la exportación del oro le siguió el éxito en la defensa militar de Madrid», escribe Gabriel Jackson, reivindicándolo.

Negrín estuvo 22 meses presidiendo la República. Con Largo Caballero, Vicente Rojo fue jefe del Estado Mayor mientras que Indalecio Prieto era ministro de Defensa hasta que Negrín decidió relevarlo en la primavera de 1938, cuando la ofensiva franquista sobre la península meridional cosechaba logros gracias, en buena medida, al apoyo de los fascistas italianos —a cuyo mando se hallaba el general Berti— y al control del aire por parte de los nacionales. Stanley G. Payne habla del poder «especialmente destructor, llevando el pánico a numerosas unidades republicanas» desplegado por el franquismo desde el aire. Es en este contexto, cuando en el Frente Popular se huele la inminencia de la derrota —brigadas internacionales a punto de deshacerse, fusilamientos de oficiales y soldados por cobardía o ineptitud—, que el ministro Indalecio Prieto pierde lo que le queda de fe y cae en el pesimismo. Negrín, temiendo el contagio entre las tropas, asume personalmente el cargo en marzo de 1938. Busca desesperadamente, a su manera y con consecuencias más graves, ese algo apenas entrevisto más allá del campo minado de terrores.

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Las propiedades de la familia en Canarias fueron requisadas por Franco. Sobre Negrín pesaba orden de captura, no podría haber puesto pie en España. Desde el exilio hizo todo tipo de gestiones diplomáticas, en la ONU, con Churchill, con De Gaulle, para restaurar la república. Infructuosamente. Pero él nunca se rindió sino al final, cuando Naciones Unidas reconoció a Franco como jefe del Estado español.

Tuvo una premonición: en la asamblea de la Sociedad de las Naciones en septiembre de 1937 dijo que «los campos ensangrentados de España son ya, de hecho, los campos ensangrentados de la guerra mundial».

De San Mateo era la madre; el padre, de Telde: no hay nada que les recuerde. En Las Palmas hay referencia de edificios propiedad de la familia Negrín en las calles Triana y Buenos Aires. Alguna placa habrá. La Fundación insiste: organiza conferencias, empuja a los maestros en las escuelas a ver si llevan a los jóvenes a conocer este caserón de Vegueta. No hay apoyo económico de las instituciones públicas y privadas, o es absolutamente insuficiente.

 Ver vídeo de TVE sobre Juan Negrín (2006).