¿No era que leía de todo, la señora?

Un acercamiento a la librera venezolana Graciela (Chela) Yáñez Vicentini a partir de una entrevista realizada en diciembre de 2015. Ella es, además, editora, correctora de textos, poeta y promotora de […]

Un acercamiento a la librera venezolana Graciela (Chela) Yáñez Vicentini a partir de una entrevista realizada en diciembre de 2015. Ella es, además, editora, correctora de textos, poeta y promotora de eventos culturales. Coordina actualmente Papel Literario. Aquí se habla más bien de su experiencia en librerías (por supuesto)

 

Sebastián de la Nuez / Fotos: Oswer Díaz Mireles

Los libreros jóvenes caraqueños tienen como común denominador cierta itinerancia, la virtud multitasking y/o formar parte de la diáspora. Casi todos han compartido el oficio con otros menesteres relacionados con los libros. Ricardo Ramírez Requena, cuando era librero, también fue poeta, corrector de estilo y profesor universitario. Rodnei Casares, siendo librero de Alejandría  de Paseo Las Mercedes, ya era editor en su propio emprendimiento, Libros del Fuego. Graciela Yáñez Vicentini, a la vez de atender en El Buscón o Kalathos, fue poeta por las noches, estudiantes a cualquier hora, correctora de tarde en tarde y promotora cultural todo el tiempo.

Lo de la diáspora no es una exclusividad del sector, claro. El caso de El Buscón es paradigmático: Katyna Henríquez las lleva en su móvil, a la diáspora y sus consecuencias. Siete u ocho libreros que pasaron por allí o aprendieron en su local del Trasnocho Cultural el oficio, se mantienen, desde diferentes partes del mundo, conectados por el grupo de wasap. Ella lee sus mensajes y suspira. A veces los acalla.

Por su parte, Graciela es un vivo ejemplo del talante saltarín de los libreros criollos de la última generación. Estudió durante dos años, simultáneamente, Letras en la UCAB y en la UCV, saltando entre unas aulas y otras. Al final se graduó en la UCV. De igual modo saltaba entre El Buscón y Kalathos. Es inquieta, trasnochada, sensible y locuaz. De malos hábitos alimenticios. Antes vivía con sus padres en la avenida Los Jabillos, ahora en un anexo en La Urbina que le alquila su colega Yolanda Pantin. En algún momento albergó ilusión por tener su propia librería (quizás no la haya abandonada, ella a la ilusión). Se fue de El Buscón porque le trastocó la vida; en ese entonces, hacia 2010, el local cerraba a las 10:00 pm y ella estaba todo el tiempo en un ir y venir. Desayunaba una Coca Cola y luego, por las tardes, visitaba con asiduidad la caramelería de al lado, la de los cines del Trasnocho. A la vez atendía trabajos a tiempo parcial que al final no los atendió sino que los pospuso porque El Buscón le absorbía todo el tiempo —contó ella— y debía incluso ocuparse de trámites administrativos que no le gustaban mucho. ¿Se lo habrá dicho a Katyna alguna vez?

Llegó a sentirse exhausta. Se fue a casa, estuvo casi un año trabajando free lance como correctora de textos. Luego quiso volver a trabajar fijo. Un día, en la librería Kalathos del centro de arte Los Galpones, conversando con los propietarios David Malavé y Artemis Nader, surgió la posibilidad.

Kalathos no ha sido solo librería. Desde un principio le salieron ramas: fue y es editorial con énfasis en poesía —ahora se ha trasladado a Madrid y abarca otros intereses literarios— y centro de actividades culturales. Su carácter como librería, o al menos el sello que identificó el lugar en sus comienzos, lo dibuja mejor Ricardo Ramírez Requena. En 2012 trabajó allí y lo que más le gustaba era que en sus estanterías se hallaban representadas editoriales que no solían llegar a Venezuela: Acantilado, Anagrama, PreTextos, Siruela…

Graciela fue librera allí por tres años, hasta principios de 2015. En algún momento el trabajo fue redistribuido y Chela —así la conocen en los bajos fondos editoriales, bajos por exiguos— pasó a la gerencia cultural, planeando y organizando eventos. Entró Juan De Goveia como librero principal, otro joven que ya no está.

Su condición de librera no la abandona, sin embargo, aunque hoy en día se dedica a coordinar el Papel Literario de El Nacional y por otro lado forma parte del equipo de Letra Muerta (al frente, la diseñadora Faride Mereb) confeccionando y mercadeando delicadas obras sobre las que el vasco Javier Aizpúrua arroja su talento de impresor consumado bajo la marca ExLibris.

 

Graciela Yañez Vicentini, sentada en Librería Kalathos el 12/12/2015.

 

Los clientes de Chela siguieron siendo sus clientes dondequiera estuviese. Muchos que pululaban alrededor de Kalathos no la abandonaron, probablemente por su vivacidad y su locuacidad. Nunca aburre. Luego de abandonar parcial o totalmente Kalathos en enero de 2016 continuaron enviándole mensajes o llamándola. Le preguntaban sobre libros, le comentaban asuntos varios. A tan temprana edad como los 30 (es temprana, ¿o no?) ya conocía bien por dónde venía el comprador de libros caraqueño. Sabía de su despiste. Sabía que seguramente llegaba sin saber qué demonios iba buscando. Un caso típico, este que llega y le dice de carretilla:

—Miranecesitounregaloparaunaseñora.

—¿Cómo es la señora? —preguntaba ella con su mejor sonrisa, dispuesta a buscar hasta debajo de las piedras lo que complaciera las inclinaciones de la dama en cuestión.

—A ella le encanta leer…

—¡Ah, qué bueno! ¿Y qué lee?

—¡De todo!

—Bien, le recomiendo este poemario…

—¡Ah, no…! Ella no lee poesía.

—Ok, entonces quizás le pueda interesar este libro de ensayos.

—No, ella no lee ensayos.

Y a Graciela le resultaba muy divertido: ¿no era que leía de todo?

Y agrega:

La gente, muchas veces, no tiene ni idea de lo que busca. Ni para ella misma. Te dicen «quiero algo divertido, ay, pero no algo demasiado light». O solicitan cosas insólitas. Una vez preguntaron en El Buscón si allí vendían cauchos. Lo preguntaron muy serios, no creo que me estuvieran vacilando. Cuando ven libros usados se confunden mucho: ¿y están a la venta? ¿Ustedes los prestan? Piensan que es una biblioteca. El concepto de libro usado, en Venezuela, confunde porque la gente todavía no está acostumbrada.

Chela es esto: periodos como librera en El Buscón y Kalathos pero, sobre todo, de toera; vena poética floreciente, voracidad lectora, nocturnidad casi militante, a veces un tanto enrollada. Atesora recuerdos que quizás ahora parezcan de otro siglo: las jornadas que inventó Ricardo Ramírez Requena en El Buscón, Librero por un día, donde una vez se enroló el poeta Rafael Cadenas (ella escribió una crónica de ese día para la revista dominical de El Nacional); iniciativas como Libreros en su tinta, que Katyna impulsó para que los libreros con algo publicado tuviesen un sitio en los festivales de lectura de Chacao; las presentaciones de Palabras de El Buscón, otra idea de Katyna; los «menús de degustación» en Kalathos, aquellas listas de pedidos que solían hacerse a editoriales en el extranjero. Cosas que fueron parte de la ciudad hoy más desmadejada que nunca, más inhóspita, más agresiva. Como los premios otorgados por los libreros en tres ocasiones, una aventura de Ricardo y Rodnei apoyada por Chela. Quedó en el camino, como algunas otras ilusiones. ¡Libreros otorgando premios en Venezuela, y haciéndolo con toda la seriedad y rigor del caso!

Hablando de gente que llega a una librería como aterrizando desde otro planeta, Andrés Boersner, de Noctua (Centro Plaza), tiene sus anécdotas. Llegó por allí una dama aficionada a la metafísica, leía de todo y podía demostrarlo, pero tendía a quedarse enganchada del tema Conny Méndez. La adornaba un talante místico y cierta vez preguntó por un libro, supuestamente editado por Time: una  historia de la fotografía del infinito. Boersner debe haber añadido más socarronería de la usual a su semblante ya de por sí socarrón. Le comentó a la buena mujer algo como:

—Eso debe ser algo como muy abstracto, ¿no?

La señora se molestó, lo tomó como una burla. Buscaba su historia de la fotografía del infinito; caramba, tan raro no podía ser desde que Time se ocupó del tema. Boersner se quedó pensando en una posible fotografía del infinito, a veces se le veía ensimismado y seguramente era por ello. Quizás hoy, de vez en cuando, mientras refaccionan su local inundado, da vueltas y vueltas por el centro comercial en penumbras pensando en el gran angular que se necesitaría para fotografiar el infinito como se supone que debe fotografiarse el infinito.

Noctua, Kalathos, El Buscón: se parecen entre sí, a fin de cuentas, y se parecen a locales del mismo rubro que existen y sobreviven en otras ciudades americanas o europeas. Un periodista de El Mundo (de España) dijo que una librería es una «estafeta de afectos». Bella palabra, estafeta. «Hubo un tiempo en que las librerías eran capillas de culto y de cultura», escribió. Lo siguen siendo, si te pones a ver. Estos lugares de encuentro caraqueño, desde la distancia, ganan en calidez. El perfume vitalmente adolescente de Chela  debe respirarse todavía en los anaqueles de las dos en las cuales trabajó y, sobre todo, se divirtió de lo lindo.

 

Graciela Yáñez Vicentini, licenciada en letras, poeta, cronista y librera.