Aquiles, Pepe, los libros y el exilio

Uno puede nombrar los libros en plural, pero el exilio es uno, solo y contumaz. Siempre será el mismo, y siempre será un drama. Aun cuando sea protagonizado por un […]

Uno puede nombrar los libros en plural, pero el exilio es uno, solo y contumaz. Siempre será el mismo, y siempre será un drama. Aun cuando sea protagonizado por un humorista, o por un hijo de poeta y humorista que también es humorista. Este es un episodio de solidaridades tejidas a partir de libros y librerías protagonizado por Pepe Ballón, librero boliviano, y Aquiles Nazoa, juglar venezolano

 

Sebastián de la Nuez

Los hermanos Nazoa, Aquiles y Aníbal, forman parte sustancial de la historia de las librerías de encuentro caraqueñas, y toda crónica que se precie de tal habrá de tomarlos en cuenta. Iban, desde los años cincuenta, al pasaje Río Apure del Centro Simón Bolívar a reunirse en Librería Pensamiento Vivo con su fundador, Rivas Rivas, y gente como Rómulo Gallegos, Alberto Arvelo Torrealba, Mario Briceño Iragorry, Enrique Bernardo Núñez, Julio Garmendia, César Rengifo, Miguel Acosta Saignes, Morella Muñoz y la bailarina Sonia Sanoja. Un bello y florido grupo.

En ese entonces las buenas librerías quedaban en el centro de la ciudad o sus alrededores. En la primera Cruz del Sur —la segunda se ubicó en Sabana Grande—Aníbal reencontró a su maestro de cuarto grado, Antonio Estévez, y eso para él fue inolvidable. Decía que Cruz del Sur fue la primera librería de verdad que existió en Venezuela atendida por libreros, donde el cliente podía sentarse a leer sin necesidad de comprar. Le contó a su entrevistador Héctor Seijas que se podía preguntar cualquier cosa que se quisiera saber.

Pero la historia más curiosa que envuelve a uno de los Nazoa con el tema de las librerías no abarca ni Pensamiento Vivo ni Cruz del Sur sino que se relaciona con Librería Centro, cuyo librero único fue Pepe Ballón, boliviano. Es una historia de solidaridades entre exiliados por causa semejante. Destinos entrecruzados, amistades que se solidifican en la adversidad y duran para siempre.

 

PRIMERA PARTE

A principios de 1956 la familia Nazoa vivía en Cagua del estado Aragua. Aquiles, bastante harto de que se lo llevaran preso cada cierto tiempo por revoltoso o conspirador, decidió refugiarse en esa población y se dedicó a dar clases en un liceo, manteniendo todo lo posible un bajo perfil. No duró ni un año. Un día llegaron agentes de la Seguridad Nacional para llevárselo sin mayores miramientos. Como a los tres días llamaron a su mujer, María, para informarle de su inminente expulsión del país. Que consiguiera algún dinero, le dijeron, y que fuera tal día al aeropuerto de Maiquetía a despedirlo.

La familia se movilizó y juntó una cantidad. Se fueron al aeropuerto y en efecto lo hallaron, esposado, a punto de abordar un avión. Se despidieron y todavía en ese momento no se conocía su destino. Por fin llegó el dato: viajaría en la línea Pan American y el viaje tendría dos paradas: Panamá y Bolivia. Cuando el poeta subió al avión, lo libraron de las esposas y le dijeron que se podía quedar en cualquiera de los dos países. Se acomodó en su asiento. El piloto, en inglés, anunció por los parlantes que llevaba un delincuente entre los pasajeros, expulsado de su país, que perdonaran.

En principio no supo Aquiles qué elegir, pero en cierto momento se acordó de un intercambio de cartas sostenido con un librero boliviano, un tal Pepe Ballón. Algunas misivas habían intercambiado a propósito de uno de los primeros libros del humorista, El burro flautista o El ruiseñor de Catuche. Nazoa llegó a La Paz, buscó la librería de Ballón en la ciudad y el hombre debió haber abierto bastante la boca, de puro asombro, ante aquella imprevista visita de un autor a quien, sin duda, admiraba.

Le ofreció al instante hospedaje en su casa, sin mediar preámbulos. Allí vivió Nazoa, y luego la familia de Nazoa cuando marchó a reunirse con él como a los seis meses, bajo el cobijo y la protección de Ballón durante casi dos años. La imagen de Claudio (ver perfil aquí), hasta entonces el hijo pequeño (nacería en Bolivia un hermanito, el último), resulta imborrable: conserva incluso el cuaderno de la primera escuela de su vida, a los 6 años. Fue allí, en Bolivia.

 

SEGUNDA PARTE

Los Nazoa se vieron confinados al exilio y sin embargo no fueron infelices. En una ocasión, incluso, Pepe los llevó de viaje en un tren por Chile y Argentina. Era la época de Víctor Paz Estenssoro, un socialdemócrata que sería presidente de su país en cuatro ocasiones, la primera de ellas en 1952. Por eso, en ese tiempo de dictadura en Venezuela, se había refugiado también en Bolivia el dirigente adeco Raúl Leoni.

Cuando Aquiles pudo recibir algún dinero desde su país gracias a sus colaboraciones en un medio impreso, la familia se mudó a una modesta vivienda, por su propia cuenta, en La Paz. Luego de la defenestración de Pérez Jiménez, volvieron. Andando el tiempo, ya eran los años setenta, ocurrió lo mismo pero al contrario. Venezuela ya era una democracia relativamente consolidada y cierta vez llegó Pepe Ballón huyendo de amenazas en su patria. Juan José Torres, un militar de tendencia izquierdista en el poder desde octubre de 1970 tras un levantamiento popular, había sido desalojado, a su vez, por un golpe de derechas encabezado por otro militar, Hugo Banzer. Probablemente por tener vínculos con Torres, Ballón hubo de exiliarse. Pues bien: Aquiles lo acogió en su casa de Vista Alegre sin mediar preámbulos, a él, a su hija Leny y al hijo de Leny, Mauricio. Leny y Mauricio hoy en día viven en Bolivia. A la sazón, Ballón se había separado de su mujer.

Pepe vivió en Vista Alegre casi dos años. No solo eso; a través de Miguel Otero Silva, Aquiles le consiguió trabajo como librero: Ballón estuvo en La Galería del Libro y en otra librería, Foro; vivió durante doce años en Venezuela antes de su regreso a Bolivia.

Han pasado todos estos años desde la estancia en Bolivia y todavía Claudio no comprende cómo, en medio de aquella precariedad del exilio, se divirtieron tanto, conocieron tantas cosas, fueron tan felices.

—La vida es bella, como decía la película —concluye Claudio, siempre a punto de tomarse a chanza cualquier cosa que cuente o en la que se involucre—. Mis padres hacían magia para que la situación no nos afectara anímicamente. Para nosotros fue una aventura.

Recordará siempre a Pepe como un izquierdista consumado pero lo definiría, sobre todo, como un santo. Con la bondad propia de quienes dan hasta lo que no tienen con tal de ayudar al prójimo. Esta historia la cuenta Claudio cuando se organiza algún homenaje a su padre, siempre en el límite de la echadera de vaina, pero en privado, en la distancia corta, se le nota la huella que le han dejado estas memorias. Para nada han perdido su profundo y serio carácter de enseñanza vital.