¿Qué es un concierto de rock?

Brian May durante su actuación en el WiZinc Center de Madrid (antiguo Palacio de los Deportes) el 9-6-2018 a las 10:00 pm aproximadamente.

En homenaje a un disco emblemático que cumple cuarenta años, News of the world, lo que queda del grupo Queen ha salido de gira a celebrar, y anoche estuvo en Madrid

 

Sebastián de la Nuez

¿Qué es un concierto de rock, aparte de una estruendosa eucaristía para repartir el pan sagrado de Los Beatles entre los fieles? Poco más que eso, excepto una puesta en escena naif, camp y kitsch al mismo tiempo —3 en 1— más un pelín de caduca filosofía hippie en las letras de algunas canciones. Eso. No mucho más. Ah, pero el mensaje —de algún modo hay que llamarlo— se transporta vía energía electrificada, machacona y vibrante. Los decibeles del rock’n’roll, si es rock’n’roll de verdad en cualquiera de sus vertientes, poseen el don de la ubicuidad y saben viajar en el tiempo sin que se les velen las alas. Tan machacona y vibrante es esa clase de energía que puedes estar sentado allá arriba en aquel cerro, penúltima fila del Poliedro (perdón, del WiZink Center de Madrid), y sentir el oleaje que debes temer, el que llega por los siete mares de Rhye.

Uno conoce el vértigo del oleaje y quien no sepa a estas alturas dónde queda Rhye, ese sitio misterioso desde el cual emergen los poderes, las penas y los deseos, está frito; como quien no sabe que la morsa era Paul. El vértigo de Rhye lo inauguraron Los Beatles. Siguieron Los Rolling Stones, Los Who y Led Zeppelín, apenas un puñado más en la catarata que se desencadenó con la industria cultural pop a partir de los sesenta. Pero más acá de  las consideraciones del capitalismo y las discográficas se halla, en el mejor de los casos, la franca camaradería entre talento, energía y virtuosismo. Y créanlo, Queen es el mejor de los casos, aun al cincuenta por ciento (también falta el bajista, pero Brian May y Roger Taylor se han hecho acompañar por un joven equipo de primera, incluyendo al cantante Adam Lambert).

¿Un gran concierto de rock potente deja lugar a la nostalgia, el íntimo estremecimiento y aun el lagrimeo? Por supuesto. Es el momento en que Brian May se sienta con su guitarra acústica al borde del pasillo que alarga el escenario y le dice al público, en su español chapuceado, que sabe perfectamente donde está. Acto seguido comienza a tocar los primeros acordes del «Concierto de Aranjuez», que liga con «Love of my life». Pero ese no es el momento del lagrimeo. El momento del lagrimeo propiamente dicho viene un par de minutos más tarde. Brian ha pedido a los espectadores «show me your lights» como para que la magia sea posible. El público, que como todo público hispanoamericano se regala fácilmente, forma un mar de luciérnagas y ya al final no podrá más, no podrá contenerse: soltará la energía acumulada en sus pupilas humedecidas pues arriba, en la pantalla, aparece Freddie Mercury como siempre, tal como el mundo lo recuerda, con su chaqueta deportiva amarilla, para cantar junto a su amigo Brian la última estrofa.

De nadie mejor que de Mercury se puede decir que no ha muerto realmente. Su alma se dilata y se vuelve luz fluorescente en líneas de alta definición. La tecnología también puede ser interpretada como una fórmula a través de la cual la Divina Providencia susurra en el oído a los humanos que aun la parca puede ser vencida, aunque todo sea, a fin de cuentas, pura ilusión.

Una de las cinco gandolas que transportan el material para el concierto, en una calle lateral del edificio donde tuvo lugar el concierto madrileño.