Alfa cumplió 60

Libro de Editorial Alfa hallado en un puesto de El Rastro de Madrid, el 11/08/2019.

El Grupo Alfa llegó a comprender cinco librerías, cuatro en Caracas y una Ludens en Mérida (esta última fue la primera en cerrar, mucho antes de que las demás pasaran a otras manos). Esta empresa familiar contiene tres nombres clave con el apellido Milla: Benito (catalán), el abuelo. Leonardo (nacido en Marsella pero uruguayo por adopción), el padre. Ulises, el hijo (uruguayo radicado en Cataluña, ahora). El país donde prosperaron editorial y librerías ya no existe y el heredero, desde España, trata de mantener alguna vela desplegada en medio de un mar de leva

Sebastián de la Nuez

El Grupo Alfa fue varias cosas al mismo tiempo: editorial —de hecho, es lo que queda actualmente—, las librerías Alejandría y la emblemática Ludens de plaza Venezuela más otra en Mérida. Fue un logro familiar, una referencia entre lectores, una ilusión próspera, un lugar de trabajo que sirvió como escuela de libreros.

Rodnei Casares, hoy un editor radicado en Bogotá, comenzó su andadura con el Grupo Alfa, acarreando libros de un lado a otro y vendiéndolos en el local de la Torre Polar que durante décadas fue punto de encuentro para investigadores, docentes y simples lectores. Casares admiraba a Leonardo Milla por su condición de librero que se hace en el oficio, aprendiendo en la práctica todo lo que necesita saber.

Recuerdo que cuando me llamó para ofrecerme Alejandría Uno me dijo «no te lo creas» y esas palabras hicieron que yo fuera un tipo bajo perfil, sin hacer mucha bulla. El señor Milla contaba que él salía con su padre, Benito, a trabajar con pantalón corto. Montaban sus libros en una plaza de Montevideo o en el medio de la calle y hasta que no vendían un libro no desayunaban. Para el señor Milla, un libro era su comida. Creo que eso, vender un libro para poder comer, te forma el carácter.

Agrega que lo mismo pasó con él al llegar a Ludens:

Había dos auxiliares más. Yo tenía que esforzarme para ser mejor que ellos y subir más rápido porque venía un muchacho [un hijo] en camino que tenía que mantener. No estaba en juego mi comida, pero estaba en juego la comida de mi hijo.

Las relaciones entre libreros, editores y personajes claves en la vida cultural de Venezuela es un gran tema para una crónica, la de una sociedad que avanza volviéndose cosmopolita e integrando a profesionales emprendedores de otras latitudes. El venezolano Eduardo Castro Delgado, quien ahora debe de llevar unos treinta años viviendo en Mérida y mantiene a duras penas su propia librería (quizás haya cerrado a estas alturas), dice que aprendió el oficio de vender libros trabajando, «que es como se aprenden estos oficios». Fue el primer vendedor de aquella Monteávila Editores creada por Benito Milla y Simón Alberto Consalvi en tiempos del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Al principio, apenas doce títulos para colocar. Uno de ellos, La casa verde, de Mario Vargas Llosa.

Eduardo Castro Delgado sería después clave en el desarrollo de la red de librerías estatales Kuai Mare.

Leonardo, hijo de Benito, fue socio en otro emprendimiento, Kadmos, con Isidoro Duarte, también uruguayo, casado con la periodista venezolana Marialcira Matute. Básicamente, un hombre curtido en la distribución de libros. En Caracas entró primero a trabajar en Blume como vendedor. Habría de quedarse con la editorial (Kadmos), después con la librería y la distribuidora. Ángel García padre llegó a Venezuela con el compromiso, precisamente, de trabajar en Kadmos, puesto que Benito e Isidoro eran sus paisanos. Pero la relación allí no prosperó.

 

ESCUELA DE LIBREROS

Casares y Leonardo Milla se hicieron amigos, de conversar por lo menos una vez al mes.

—Siempre dijo que uno está en la historia del libro de Venezuela, y debe sentir orgullo de lo que ha hecho. Fue bajando de tono pues primero era conflictivo pero finalmente entendió que el valor de una editorial está en los autores, y comenzó a cuidar y mimar a los autores y formó lo que hoy en día es Alfa.

A Casares le costaba mucho vender, no le era fácil mostrarse ante el público. Para ese momento, Milla contaba con un gerente de ventas en la editorial llamado Ricardo Scaronne, un uruguayo que después trabajaría en DH Libros, una de las pocas distribuidoras que quedan en el país*. Lo envió donde Casares un par de días, para que le enseñara el proceso de la venta desde que entra el cliente hasta que se va. «Ricardo me enseñó algunas cosas y me dio confianza para la venta».

Milla creó el Premio Hogueras en 1987, Casares recuerda esos años como espléndidos con El  nombre de la rosa como gran best seller. Milla decía que en los tiempos de crisis había crecido y que, por el contrario, en los de bonanza se había mantenido o, incluso, había enfrentado dificultades. Se jactaba de aprovechar tiempos de crisis asumiendo riesgos. Cuando Casares entra a trabajar tiene apenas 17 años y se encuentra con un almacén lleno de Alianza, Anagrama, Javier Vergara, Siruela. Una Siruela con una colección dirigida por Jorge Luis Borges.

—Era la Biblioteca de Babel… me arrepiento de no tener todas las colecciones que pasaron por mis manos: Aguilar, Alfaguara, los sellos de Santillana, Altea, Icaria, que era un fondo naciente apenas… Aprendí todo de libros, más todo lo que pude leer escondido detrás de las estanterías.

Ángel García, hijo de un gran librero con igual nombre, también tuvo cono primer sitio de trabajo al grupo Alfa. Inicialmente en el almacén y un tiempito después atendiendo la pequeña exhibición y venta que tenía la editorial en la calle Los Mangos de Sabana Grande. Por otra parte, el filósofo argentino Alfredo Vallota, llegado al país hacia 1976, trabajó durante dos años a las órdenes de Leonardo Milla en la Ludens de Plaza Venezuela. La recuerda como una librería dedicada al cliente, «con un ambiente muy agradable donde no te tropezabas con nadie porque había espacio suficiente». Se generó una buena afluencia de gente pues Alfa también importaba sellos atractivos. El argentino disfrutó aquel tiempo en que entraban personajes públicos al local, surtido profusamente desde España gracias al cupo Recadi. El país era gobernado por el adeco Jaime Lusinchi. Contó Vallota:

—Benito y Leonardo simplemente aprovechaban las oportunidades.

Los clientes compraban un libro y se les obsequiaba otro, el que escogieran. Ludens era una tremenda librería. Arturo Úslar Pietri la tenía como su preferida, diputados y senadores iban por allí así como estudiantes y profesores de la UCV. Al lado estaba el Fondo de Cultura Económica.

El librero y poeta Ricardo Ramírez Requena trabajó en Alejandría del centro comercial Las Mercedes. Al final de su estancia ya se rumoreaba sobre la venta de las cuatro librerías que conservaba el heredero Ulises Milla, dos Ludens y dos Alejandría. Los Milla habían invertido entre los años 2000 y 2001 en rubros donde nadie había incursionado hasta entonces, no al menos de aquella manera tan estructurada y agresiva: lo preponderante eran los temas de carácter político, histórico y social. Apostaron y ganaron, y esa apuesta hizo que Alfa se convirtiera en una de las editoriales más importantes del país.

Ramírez Requena habla de los públicos y los libros importados:

Al comienzo del 2000 eran públicos totalmente distintos, cuando todavía se importaba mucho. Encontrabas diversidad de temas, los estantes full, las editoriales importantes representadas. La librería estaba repleta. En Alejandría, más novelas y libros de autoayuda. Luego, cuando la oferta se redujo, se hizo muy difícil conseguir una librería que no fuera igual a todas.

Javier Marichal, otro librero de experiencia múltiple, dice que el Grupo Alfa, con Leonardo Milla al frente, fue para él una escuela. Trabajó en distribución y en la Ludens, atendiendo clientela. La Ludens de la Torre Polar tenía dos pisos. Antes, en su mejor época, ambos pisos eran exclusivamente editoriales. Es decir, repletos de anaqueles.

El exlibrero Casares recuerda los camiones 350 llegando: había que descargarlos.

Yo me colgaba tres cajas de libros y nos montábamos en esas escalerotas de un edificio tan alto como ese. Pero fue una buena época, por aproximarme a los libros de esa manera. Era recibir los importados, verlos antes que cualquier otro. Una maravilla. Además, sin escuela: evidentemente, era yo mismo quien escogía lo que me llamaba la atención y empezaba a leer.

Editorial Alfa cumplió en 2018 los sesenta años. Ulises Milla sigue, empeñoso, aun cuando tuvo que abandonar la librería que había instalado en las afueras de Barcelona (de España), que era un buen punto de ventas para sus libros. Uno de sus últimos títulos, Diario en ruinas, de la sicóloga Ana Teresa Torres, ha sido bien acogido dentro y fuera de Venezuela. Se esperan más títulos en los próximos meses con el sello Alfa, a pesar del mar de leva.

 

*Es posible que ya se haya ido del país, estos testimonios fueron recogidos en 2015.