Ciertas bibliotecas poéticas

Un automóvil de Protección Civil estacionado frente a la entrada de la Bibioteca Miguel Hernández, el domingo 18-10-2020.

Hay quince bibliotecas públicas administradas por la Comunidad de Madrid y en todas ellas se ofrecen en préstamo libros, películas, discos, revistas de actualidad y los periódicos del día para su lectura en sala (pero estos últimos están restringidos ahora debido a la pandemia). Estas bibliotecas, junto a los museos —llevados por fundaciones privadas o por el propio Estado español—, sitios como el Matadero, los teatros y los cines que ofrecen V.O., constituyen lo mejor que da Madrid. Aparte de sus bares en cada esquina, por supuesto.

En los sitios de la cultura atiende gente muy especial. Por ejemplo, María del Carmen, Aurora y Silvia en la biblioteca Miguel Hernández de Puente de Vallecas (calle de Rafael Alberti número 6): siempre atentas, dan respuesta a cada asunto que se les plantea con gentileza y buena voluntad.

El catálogo de la Miguel Hernández puede consultarse aquí. Normalmente (no desde marzo para acá y hasta nuevo aviso) hay actividades para niños y adultos tales como cuentacuentos, clubes de lectura, ciclos de cine o talleres sobre novela histórica, entre otros. Usualmente seleccionan libros por temas o por género para animar las lecturas, disponiéndolos en tablones dentro o fuera de la biblioteca propiamente dicha. Uno se sorprende de que en un apartado lugar del tradicional barrio obrero de Vallecas pueda estar agazapado, después de todos estos años, el venezolano Carlos Rangel con Del buen salvaje al buen revolucionario en una flamante edición made in Barcelona (2007).

Las bibliotecas de Madrid constituyen un refugio para los mayores, una alternativa a la televisión de juego, noticias apresuradas y documental viejo que les aguarda en sus casas. En estas bibliotecas desaparece el gallinero del Congreso de los Diputados; aquí echan carburante a sus cabezas los pensionados que quizá añoren su oficio u ocupación de toda la vida. De repente, a los setenta o más se encuentran con versos que les evocarán una manera de ser español, tal vez descubran su propia voz desde otras que lean o escuchen… que mi voz suba a los montes / y baje a la tierra y truene, / eso pide mi garganta / desde ahora y desde siempre. O puede que les recuerden una refriega fratricida y sabrán que sigue ahí, acechando: No te hieran por la espalda / vive cara a cara y muere / con el pecho ante las balas / ancho como las paredes.

En estos días de finales de octubre y principios de noviembre estuvo cerrada la Miguel Hernández, mientras se instaló allí un comando de sanitarios para hacer pruebas PCR a la feligresía de Puente de Vallecas o aledaños. Ya ha vuelto a abrir.

La biblioteca puede ser también eso, la metáfora de un sanación espiritual y, por ende, igualmente físico.

Ojalá en el primer trimestre de 2021 puedan echar a volar otra vez esta y todas las demás con su arsenal de posibilidades completo. De mañana o tarde van los chicos de la zona a hacer sus tareas… Pero la poesía está en esos mayores acudiendo, como a misa, en busca de palabra, cierta luz percibida, refugio. En fin: que algunas bibliotecas de Madrid abren en verso sus puertas y se mantienen con sus historias reveladoras o misteriosas, aleccionadoras o escalofriantes incluso, durante toda la jornada. Detrás, su equipo de gente a la que le gusta este menester, el mejor del mundo, el del librero o bibliotecólogo. El de puente hacia mundos ajenos encerrados en páginas ansiosas de ser manoseadas. / Sebastián de la Nuez