Notas sobre la gran entrevista

El género de la entrevista periodística es fronterizo aunque, en realidad, cualquier género es hoy en día fronterizo. Desde hace tiempo se la considera una posibilidad del periodismo interpretativo, ese […]

El género de la entrevista periodística es fronterizo aunque, en realidad, cualquier género es hoy en día fronterizo. Desde hace tiempo se la considera una posibilidad del periodismo interpretativo, ese compromiso del oficio por traspasar la información escueta, buscar contexto, antecedentes y posibles consecuencias. De igual modo, una entrevista puede, por decirlo de una manera gráfica, traspasar al personaje entrevistado para abarcarlo desde todos los ángulos.

La idea es abrir la perspectiva, ampliar el campo alrededor. Ese es el periodismo interpretativo, acercarse a los hechos y sus personajes con amplitud de criterio y no conformarse con las voces de autoridad o los voceros oficiales.

Ese método tiene su correlato no solo en el reportaje o en la crónica, sino en la entrevista. La entrevista interpretativa ꟷo «en profundidad» o «gran entrevista»ꟷ  toma distancia de la informativa ꟷla que hacemos a un vocero gubernamental sobre un asunto específico, por ejemploꟷ y de opinión ꟷel experto científico que consultamos para que nos dé su opinión e incorporarla a un reportajeꟷ al centrarse en un personaje notorio por sus logros, por haber protagonizado un hecho inaudito, por ser testigo o víctima de la noticia del día o del año. En fin, podrían citarse otras posibilidades por las cuales un personaje merece nuestra atención, que consideremos capaz de concitar la curiosidad en los lectores, ganas de conocerle mejor, de saber cómo lleva una nueva etapa en su vida, por qué o cómo ha hecho la proeza que hizo.

También se le llama «entrevista literaria» o «de creación», ya que por lo general se encuentra asociada a una escritura más depurada, más cuidadosa, probablemente destinada a suplementos de fin de semana.


DEFINICIONES

El género de la entrevista reiventa continuamente las reglas de su propio mundo, es difícil definirla según un molde o fórmula. Aun así pueden establecerse algunos elementos permanentes que la caracterizan en su modalidad principal, mainstream, la que básicamente se compone de encabezado, lead, un segundo párrafo, un cuerpo de preguntas con sus respectivas respuestas y un remate. Esos elementos permanentes encierran estas claves:

  • La entrevista de creación (adoptemos ese nombre) es un género fronterizo entre la oralidad y la escritura. En ella el lector tiene la impresión de un encuentro cara a cara, de una proximidad obvia e inmediata con el personaje.
  • Centra su interés no tanto en las declaraciones del entrevistado como en el propio personaje, en su personalidad y en su forma de ser, tomándolo como objetivo informativo en sí mismo.
  • Igualmente puede entenderse como un género que oscila entre lo público y lo privado, acercando el personaje al lector (más y mejor que en cualquier otro género), incluso con emotividad.
  • Es el género mediante el cual extraemos rasgos inusuales de un personaje «relevante», y profundizamos en aquellos por los cuales se le conoce. O sea,  que también indagamos ꟷincluso sobre todoꟷ en su «lado humano».
  • En suma, la entrevista de creación fija su interés en un personaje de actualidad, buscando las pistas que revelan al hombre y su circunstancia más allá de las palabras, y conectándolo cercanamente, en sus opiniones y en lo que nosotros observamos sobre él, a los lectores.

La entrevistadora Oriana Fallaci decía que se guiaba, al entrevistar a sus personajes, siempre por la misma intención: buscar, junto a la noticia, una respuesta a la pregunta «¿en qué son distintos de nosotros?» Debe tomarse en cuenta que ella se dedicó a líderes mundiales de enorme peso político y social; quizás, en ámbitos más reducidos, podamos buscar también por qué los personajes notorios se parecen tanto a la gente común y corriente.

En cualquier caso, uno de los principales cometidos es explorar las interioridades del ser humano de la misma manera en que lo haría un marciano: desapegado de toda contaminación, de toda ideología, de todo prejuicio, con la sola intención de observar el comportamiento de los homínidos. Parece un contrasentido pero así debe ser puesto que la pasión por el oficio periodístico está llena, como toda pulsión humana, de ambición y emotividad; pero eso debe casarse con el distanciamiento que nos permitirá «diseccionar» al entrevistado desde una atalaya más bien fría.

El entrevistador va a la cita hambriento de exploración, atento a las mínimas manifestaciones del personaje. El consejo primordial es grabarlo todo. Grabarlo no solo en un aparato sino en la memoria propia.


DRAMA Y COMEDIA

Se deben conocer y manejar las reglas del género para luego romper las normas convencionales que lo ciñen, si es el caso. La entrevista de creación, cuando se ejerce a plenitud, también es capaz de derribar convencionalismos y murallas. Supo alimentarse en su oportunidad de aquel nuevo periodismo de Wolfe, Mailer, Breslin y otros que escribían para revistas como Rolling Stone, The New Yorker, Esquire o Playboy: un periodismo0 que salía a la calle para pintar la ciudad y a toda una generación que despertaba de mil maneras en tiempos de Guerra Frías a las convulsiones y maravillas de una época estremecedora y muy creativa. La que llegó de la mano del rock, y se destapó con los hippies, el amor libre, la minifalda y el uso de sustancias alucinógenas.

Mediante la entrevista de creación extraemos rasgos inusuales del personaje, y profundizamos en aquellos por los cuales se le conoce. Una buena entrevista puede semejarse al guion de una película. En una película hay un conflicto en desarrollo; si no lo hay, no hay historia, ni drama, ni vida. Así deben ser las buenas entrevistas de creación: drama revelado en varios actos o escenas. Pero también es comedia y banalidad. Tomarse las cosas completamente en serio es peligroso, va contra la imaginación.

La primera pregunta es crucial y no debe ser ni dura ni insulsamente blanda ni comprometedora para el entrevistado (que se pondrá en guardia). Mejor dejársela al azar, pero no tanto como para empujar al interlocutor a dudar de nuestra idoneidad como interrogadores. Cierta vez un profesor, en clase en una escuela de Periodismo,  abrió una discusión: ¿cuál sería la pregunta ideal para comenzar un diálogo con Jorge Luis Borges, en el hipotético caso de que nos fuera dado viajar en el tiempo o hablar con los muertos? Las respuestas bordearon la enjundia, pues los estudiantes pensaban que habrían de enfrentar a Borges desde el profundo análisis comparativo-literario de su obra. Sin embargo, el ejemplo que el profesor deseaba poner de bulto era contrario a cualquier demostración de sapiencia; quería establecer que una pregunta a una personalidad genial puede ser una ocurrencia guiada por una simple curiosidad. O una banalidad, sin más. Sacó Confesiones de escritores (Los reportajes de The Paris Review. Editorial El Ateneo. Argentina, 1966) y leyó la que le habían hecho a Borges en julio de 1966, en su despacho de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires: «¿No objeta que grabe nuestra conversación?»

Puede que una pregunta así no merezca pasar a la vida eterna del papel impreso, o puede que sí. En este caso, el redactor Ronald Christ supuso, quizás, que así podría adelantar su percepción sobre el cordial talante borgiano: «No, no. Conecte el aparato. Son una molestia, pero trataré de hablar como si no estuviera aquí. ¿De dónde es usted?»

Tal, la respuesta del autor de Ficciones. Más adelante el mismo Christ brindará una lección de honestidad: cuando Borges le nombra a un autor para él desconocido, le pide que le explique de quién se trata. A Vargas Llosa, entrevistado en el otoño de 1988, se le inquiere de entrada qué es lo que lee. Visto de manera fría, quien pregunte eso de improviso a un escritor tan reputado puede parecer desnudo de ideas y temas. Sin embargo, Vargas Llosa no se inmuta ni responde despectivamente. De Guillermo Cabrera Infante, Alfred MacAdam desea saber «¿cómo escribe usted?», obligándolo a repreguntar si se refiere a la posición que adopta ante el escritorio pues la confusión cabe y es lógica ante una pregunta formulada así, de buenas a primeras.

Claro está, las entrevistas de The Paris Review buscaban por sistema la cotidianidad de los escritores entrevistados, su modus operandi. En cualquier caso, la primera pregunta es importante para romper distancias, aprensiones y solemnidades, pero hay que saber con quién contamos, qué tipo de personaje tenemos enfrente, y de este modo propinarle el mandarriazo justo al bloque de hielo –natural entre dos personas que no se conocen y van a improvisar juntos una especie de puesta en escena teatral en que ambos defienden su rol− para hacer que levante vuelo la conversación.

La entrevista de creación no es, necesariamente, una sucesión de preguntas y respuestas, por oportunas que sean las primeras y reveladoras las segundas. Muchas veces no bastan.

Hay ideas de la literatura que atañen a este género y pueden hacer la diferencia entre un patoso remedo de diálogo y un diamante que reluce en la página. La posteridad será nuestra si apretamos las teclas justas. Una primera pregunta psicológicamente inadecuada puede convertirse en una mancha rebelde, difícil de superar durante el resto del diálogo. Por último: una frase mal construida es una tronera en nuestro trabajo, una cosa fea y oscura para el lector, bien sea una página en una revista de brillante papel satinado o un texto desplegado digitalmente en la pantalla. No hay marco que maquille con eficiencia una frase imperfecta, adocenada, confusa, rebuscada o inútilmente obvia. Claro que, si una frase así es expresada por nuestro entrevistado, y la forma en que la expresa revela, a nuestro criterio, su personalidad o un rasgo del carácter que lo define, naturalmente que es lícito reproducirla tal cual.