El salón literario más animado de Nueva York

Eso era el apartamento del editor George Ames Plimpton en la calle 72 sobre el East River, el sitio donde la intelectualidad neoyorkina se daba cita y algún que otro yonqui también. Plimpton era editor en jefe de la revista The Paris Review, que había nacido en la capital de Francia en los cincuenta, cuando todo el mundo tenía 26 años. Los personajes de las grandes épocas ꟷesos tiempos en que el glamour se enreda con el talento, la irreverencia y cierta banalidadꟷ pueden difuminarse con los años, pero quedan sus hazañas, sus anécdotas, la música que escuchaban, la crónica de sus ambientes escrita por atentos, acuciosos observadores mordaces. Todo esto a propósito del estreno en Netflix de Supongamos que Nueva York es una ciudad

Sebastián de la Nuez

Sandra Hochman hizo el primer film feminista de la Historia, El año de la mujer, en 1973. Sudruddin Aga Khan, diplomático nacido en París, se desempeñó como Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados desde 1966 a 1977. Durante su gestión en UNHCR reorientó el enfoque de la agencia más allá de Europa, dirigiéndola hacia países en desarrollo de África y Asia; fue un avanzado en la atención prioritaria a los refugiados como asunto de preocupación fundamental del mundo democrático.

Blair Fuller, egresado en Escritura de la Stanford University, fue editor emérito de The Paris Review y autor de dos novelas (Un lugar lejano y La montaña de Zabina) nunca traducidas al español. Jacqueline Kennedy ha sido la primera dama más glamurosa e inolvidable en toda la historia de las primeras damas del mundo, y en su tiempo solo podía comparársele a Marilyn Monroe en popularidad y sex appeal.

Norman Mailer escribió Los ejércitos de la noche y La canción del verdugo. De Bee Whistler Dobney no hay mayor noticia, excepto que una vez conversaba animadamente con la princesa Radziwill. ¿Qué tienen en común estos personajes? Que todos ellos estaban una noche en el salón del departamento de George Plimpton al mismo tiempo, aun sin conocerse. Por ejemplo, resulta dudoso que Jacqueline Kennedy haya conocido ni siquiera de vista, mucho menos de trato, al par de call girls que se hallaban allí en calidad de elementos decorativos.

Nacida en 1936 en Nueva York, Sandra Hochman es someramente descrita por Gay Talese en su crónica «Buscando a Hemingway», en la cual cuenta a pinceladas la divertida historia de la icónica revista. Es él quien se detiene en aquella noche de fiesta, una de tantas en realidad. La Hochman debe haberse quedado con la boca abierta al ver aparecer a la primera dama junto al anfitrión, quien ha corrido al descansillo a recibirla. Cuando Sandra la ve, ya está Mistress  Kennedy despojada de su abrigo de piel. Por Talese, hoy sabemos que la talentosa Sandra se sintió acomplejada, quizá perpleja ante la imponente elegancia de Jacqueline, quien había llegado junto a su hermana la princesa Lee Radziwill y el esposo de esta, un caballero que tararea todo el tiempo. Sandra, literalmente, se sintió como una desarrapada ante la deslumbrante primera dama ataviada de riguroso blanco.

Sandra fue poeta, guionista y autora de films documentales. Su autobiografía, Walking papers, fue celebrada por Philip Roth, quien calificó esa obra como una masterpiece. Escribió artículos para The New York Times así como para LifePeople y New York, entre otras publicaciones.

Algunos textos de Blair Fuller pueden encontrarse en internet, y entre ellos destaca la alegría que sintió un día de invierno cuando su madre le llamó para anunciarle que J.D. Salinger había aceptado su proposición para una entrevista. No fue El guardián en el centeno lo que fascinó a Fuller de Salinger, sino sus historias cortas:

Cazador en el centeno había llegado el año anterior. Lo leí con entusiasmo aunque no con la extrema admiración que sentí con sus relatos breves en The New Yorker. Me parecieron incomparables por lo vívidos, especialmente por la sutileza de caracteres y la complejidad de las emociones.  

Jacqueline Kennedy se marchó a los pocos minutos sin saludar a Norman Mailer, quien, dice Talese, se bebió tres vasos de agua mientras ella estuvo en la fiesta. Mailer ya era el reconocido periodista que había escrito un buen libro sobre la Segunda Guerra Mundial y se había metido con el presidente Kennedy, a propósito de una convención demócrata, llamándolo «hípster». Mailer era un tipo rudo a quien le gustaba boxear. Escribiría poco después una verdadera semblanza amarrada a un asesino en serie, una que debería servirle a los periodistas que se inician en el oficio con la intención de narrar manteniendo en vilo al lector,  La canción del verdugo. Hay una investigación exhaustiva allí por parte de Mailer, y se nota. No intenta hacer una novela, pero es tan interesante y adictiva como una gran novela.

Para el momento de la fiesta ya había dicho en una entrevista ꟷpara la revista Mademoiselleꟷ que el proletariado de Marx desapareció con la llegada del refrigerador. Les dijo también, a las chicas de Mademoiselle, que un hípster no era más que eso, un proletario, una buena persona que quiere compartir su visión del mundo, exquisita y extraordinaria, y que también quiere que los demás la reconozcan, esa visión del mundo. Al rato les comenta que Williams Burroughs escribe mejor que él, porque si bien él, Mailer, puede escribir frases que abrazan al lector, Burroughs es capaz de escribir aquellas que le apuñalan, y eso perdura en la gente mucho más que un abrazo. «Uno nunca olvida al hombre que le apuñala», remata.

Norman Mailer, foto sin fecha. Tomada de internet.

La fiesta en casa de Plimpton continúa. Desde la ventana de la cocina del apartamento, dos amigas miran  hacia la calle. Una de ellas se llama Sally Belfrage. Fue una escritora de no ficción y periodista internacional nacida en 1936 y fallecida en 1994. Estuvo cubriendo los sucesos de Irlanda del Norte y también escribió sobre el Movimiento de Derechos Civiles, y sus propias memorias. Pues a esta Sally le llama la atención el Cadillac aparcado abajo con las puertas abiertas, no quien en ese momento se introduce en él. «Y qué tiene de extraordinario, ¡es solo un Cadillac!», le contesta alguien asomándose a su vez. Ella exclama, entonces, «sí, ¡pero es negro y sin cromar!»

Es 1961, Mailer ha aguardado en vano que Plimpton se le acerque trayéndole del brazo a la primera dama, o que ella le responda a su mirada cuando pasa a su lado, pero no, evita saludarle o ha sucedido, simplemente, que no le reconoce. No era tan popular entonces, Mailer.

The Paris Review será aquella publicación de la cual lo menos que podrá decirse, cuando transcurra el debido tiempo, «por sus páginas pasó todo el siglo XX en todas sus dimensiones e intensidades», como escribió el  crítico literario argentino Noé Jitrik en modo vaticinio. Sus principales impulsores y/o financistas o buscadores de financiación (todo vale) eran, además de Plimpton, John P.C. Train, Peter Matthiessen y Harold Humes. Las fiestas de su principal editor se hicieron famosas y la excusa, dice Talese, podía ser cualquier acontecimiento, desde que el propio Plimpton hubiese ganado un partido de tenis esa mañana hasta que alguien del staff sacara un libro (en cuyo caso los gastos de la fiesta iban a medias con la editorial respectiva). Un colaborador recibía un cheque, por modesto que fuese, y además una invitación a beber tanto como pudiese en la próxima fiesta de Plimpton.

Gay Talese es un gran observador mordaz con fondo de piano tocado por Keith Jarrett. Hay otro observador mordaz más o menos dentro del mismo marco cultural y cronológico: Truman Capote, perspicaz hasta la histeria. Tal vez malintencionado. Con menos rigor periodístico que Talese. Capote dedicará su postrer esfuerzo intelectual no a un apartamento con su fiesta de escritores y primera dama sino a un restaurant  donde se citan los socialités de la ciudad: La Côte Basque, encopetado sitio mullido de terciopelo del cual se ocupa en el último capítulo de Plegarias atendidas. Capote trama, es el verbo adecuado, una crónica del jet set hecha de conversaciones que ha tenido, tamizadas por cierto regusto ácido y algo desleal. La gente in va a tomar una copa o almorzar en ese lugar legendario cuyo dueño y jefe de cocina se llama Henri Soulé (1903-1966), quien semeja, según Capote, un rosado y satinado cerdo de mazapán. De Soulé se dice que formó a toda una generación de chefs franceses residentes en Nueva York. Capote lo describe como un dictador dentro de su restaurant, él determinaba quién podía sentarse en la zona chic y quién no. La Côte Basque estaba donde antes había estado Le Pavillion, que el mismo Soulé abrió en 1940 en la Calle 57. Soulé reservaba una zona especial para las personalidades que consideraba de su agrado, justo al lado de la entrada. Capote se sentará en una de esas mesas el mediodía de su crónica (cualquier día antes de 1967, seguro) para tomarse un par de botellas de champán Cristal con su amiga Lady Ina Coolbirth, a.k.a. Nancy ‘Slim’ Keith, o Lady Keith, un ícono de la alta sociedad y la moda en Nueva York durante los cincuenta y los sesenta; una rubia bella y algo inocente a la hora de ponerse a hablar con su amigo de orejas agudas, Truman querido.

Nancy ‘Slim’ Keith, en foto sin fecha.

Cerca se sentarán, pero no por mucho rato, Jacqueline y su hermana la princesa Lee. Vaya coincidencia, ¿no? En verdad, todo el restaurant y sus mesas no son sino un decorado atractivo para los chismes que desarrolla Capote uno tras otro, saboreándolos literariamente… Ya la pertinencia y calidad de ese libro resultante, y sus consecuencias personales para el escritor, son cosa que pertenece a otro registro. Lo cierto es que en esas páginas los lectores se han enterado de que J.D. Salinger estuvo perdidamente enamorado, mientras servía en la Marina de los EEUU, de Oona O´Neill, la madre de Geraldine Chaplin. Como se sabe, se casaría con Charlie Chaplin, un partidazo para la época, no un oscuro escritor.

Salinger, Hemingway, Faulkner: de una manera u otra, siempre aparecen en los escritos de Talese y Capote, aun cuando no los nombren directamente.

La verdad es que Nueva York, entre otras muchas facetas, ha tenido siempre ese lado cool con sus vanguardias en el arte y en la literatura, sus publicaciones prestigiosas, sus fiestas de vértigo y sitios «de moda» que marcan época o señalan una tendencia. Una ciudad con el sentido narrativo enardecido ꟷa veces algo escatológico, todo debe decirseꟷ que convoca a quienes desde el periodismo buscan ir más allá del diarismo. Una metrópolis que sabe contarse a sí misma con estilo. Un reciente ejemplo de esto es la miniserie ꟷseis episodiosꟷ estrenada por Netflix, Supongamos que Nueva York es una ciudad. Aporta dos ingredientes fundamentales: el humor sociográfico e ilustrado de la escritora Fran Lebowitz, la espontánea cascarrabias, y el don cinematográfico hiperrealista del director Martin Scorsese. Supongamos que Nueva York es una ciudad es como un ensayo divertido, en movimiento; un minestrone de imágenes y frases ocurrentes dando cuenta de una forma de asimilar Nueva York liviana y cargada de cariño, un universo apocalíptico, una urbe desmesurada y eternamente adolescente a la vez que lustrosamente clásica, de carácter inquieto, con recovecos memoriosos cubiertos de un ligero polvillo de estrellas encantador.

Comienza con un recorrido por las placas doradas que a veces colocan en las aceras, las que señalan algún lugar importante o considerado como tal por las autoridades. Placas con citas en el suelo, hay quienes las pisan ꟷla mayoríaꟷ pero algunos las leen. La ciudad busca hablarle al paseante de todas las formas imaginables, incluso en su ruido permanente o desde sus pináculos siderales. Fran Lebowitz sabe describirla y domesticarla a su modo. Ella señala una placa, no en vano, que ha sido colocada por la New York Public Library y dice «Hay libros para ser saboreados, otros para ser tragados, y unos pocos para ser masticados y digeridos» (cita de Francis Bacon). Este documental requiere esto último, precisamente, ser masticado en medio de su jolgorio de frases chispeantes.

Del otro lado, al final, una imagen de Times Square y Fran deteniéndose ante un quiosquero  para preguntarle o comentarle algo sobre los libros que vende, en especial uno para niños. Dice que ya no se ven en Nueva York esos pipotes de basura rebosando periódicos, ni diarios o suplementos de diarios dejados sobre los asientos del Metro, prueba de que los tiempos han cambiado. Pero sí ve jóvenes, aparte de quienes se enfrascan en sus móviles, leyendo «libros de verdad, no kindles o como se llamen…».

A ella la robaron una vez en Nueva York. Solo una vez. No fue a Fran exactamente sino a su coche. Lo dejó aparcado en un sitio y al regresar encontró que le habían partido el parabrisas para quitarle un paquete de cigarros y una manzana que había abandonado en el salpicadero. Llamó a un policía para hacer la denuncia y el policía llegó y le preguntó qué le habían robado. Y cuando oyó de lo que se trataba el hombre preguntó, airadamente, «¿y qué esperaba usted?»

Claro, si dejas cosas de tanto valor a la vista…

Martin Scorsese, al lado suyo, se troncha de la risa. Scorsese es ese tipo de entrevistador dispuesto a consentir al entrevistado. Jamás le lleva la contraria; no se trataba de eso, evidentemente. Scorsese es tan solo un narrador, un editor de frases que al final repartirá entre las imágenes para que todo adquiera sentido y la pieza en vídeo diga algo concreto y sutil. Los encuentros se grabaron en The Players Club, sito en el Nº16 de Gramarcy Park. Allí funciona un club privado dedicado a la gente del teatro. Se encuentra en un edificio clasificado como Hito Histórico Nacional en el Registro Nacional de Lugares Históricos desde el 15 de octubre de 1966. La locación escogida fue un salón iluminado a media vela donde se juega billar. Lebowitz nació y fue criada en MorristownNueva Jersey, en el seno de una familia judía practicante. Su biografía oficial no dice que fue rebelde, pero lo fue. Luego de ser expulsada de un centro de enseñanza secundaria logró aprobar, sin embargo, un examen de desarrollo de educación general. Trabajó en varias actividades inusuales para una hija de judíos clase media: fue doméstica de limpieza,  fue taxista y vendedora ambulante. A los 20 años fue contratada por Andy Warhol como columnista de la revista Interview. (Quizá su pasión por el semanario Village Voice haya sido la válvula que abrió su vocación por la escritura: paraba todo quehacer el día en que salía para ir a buscarlo).

A continuación estuvo por un breve período en Mademoiselle (nació en 1950, debe ser más joven que las periodistas de esa revista que entrevistaron a Mailer). Su primer libro es la colección de ensayos Metropolitan Life, publicado en 1978. En 1981 apareció Social Studies. Ambos fueron editados en forma conjunta, con un nuevo ensayo introductorio, como The Fran Lebowitz Reader. Durante más de dos décadas ha anunciado la escritura de Exterior Signs of Wealth, una postergada novela sobre millonarios que quieren ser artistas y artistas que quieren ser millonarios.

Al final de Supongamos que Nueva York es una ciudad, entrevistada y entrevistador recorren las estanterías de la Public Library en búsqueda de libros sobre las inmigraciones norteamericanas, desde el Mayflower y los rusos ancestrales de ella hasta los italianos abuelos o bisabuelos de Scorsese que llegaron hacia 1909 o 1910. Fran comenta que jamás podría deshacerse de un solo libro.

Esta serie es francamente deliciosa, y es en buena parte eso, la Nueva York de los lectores y de los libros, la ciudad vintage o hípster de los que no se dejan arrastrar o comer el coco por las redes o las nuevas tecnologías… De hecho, Lebowitz ni siquiera usa móvil. En el último capítulo ponen un extracto de una entrevista que le hizo ella a Toni Morrison. También hacen referencia a las tradicionales librerías de viejo, las recuerdan con sus libreros malhumorados y sus libros polvorientos. Van a la Strand, husmean, se admiran de su resistencia al cierre o a la venta del edificio.

Lebowitz es incapaz de tirar un libro, para ella es lo más parecido a un ser humano.

En fin, esta miniserie evoca el aliento de aquel apartamento donde el atildado y guapo George Ames Plimpton daba fiestas entre vapores de glamour lisérgico, on the road. The Paris Review anida en los genes de Fran Lebowitz, tan adolescente y esponjosa como ha debido ser por entonces. Antecedentes de una manera de respirar la ciudad o al menos una parte de la ciudad, la que durante una adorable y promisoria temporada ꟷcuando el periodismo se unió cálidamente a la literatura para consolidarse en matrimonioꟷ se enamoró del cinismo y el genio hipnótico de Truman Capote, aunque el idilio se rompería luego debido a su innoble traición.

Era 1966, ella tendría 16.

¿Y qué tiene de extraordinario ese Cadillac?, como le preguntó alguien a la chica asomada a la ventana de la cocina durante la fiesta de Plimpton. O, más ampliamente, ¿qué relación hay entre aquellas revistas y libros, aquellos personajes (algunos de ellos totalmente decadentes) de los sesenta y esta Lebowitz de hoy retratada por Scorsese con su propia visión de Nueva York? Poca, vistas las cosas con total objetividad. Sin embargo, la chica asomada en la cocina se dio cuenta de algo. Vistas las cosas desde arriba, algo, a su entender, sí le resultaba extraordinario: el Cadillac es negro y sin cromar, ¡sin cromar, como lo oyen!

Se necesita gente atenta a esas alteraciones del universo para que otros, los geniales cronistas, puedan escuchar el rumoroso acento de una sociedad tan sorprendente como esquizofrénica, tan vivaz y deslumbrante como peligrosamente superficial y desasida.