La salvaje sospecha del destino

Sebastián de la Nuez

Su disco volverá a sonar esta noche, como siempre, en uno de esos aparatos Philips con aguja de zafiro que suenan como si los hubiesen enchufado a un barril vacío al fondo de un callejón ciego. Sonará esa voz que ya alcanzó el siglo, esa remolona evocación de lo menesteroso, esa declaración de vulnerabilidad hecha de azogue translúcido. Esa voz ocultaba ‒o, al menos, disimulaba‒ lo oscuro y esa salvaje sospecha acerca de su destino que la hacía ajena a todo intento por abandonar la heroína. Lo vio todo, con su talento de diosa negra y robusta; por eso mismo fue incapaz de quedarse con nadie. Billie Holiday cumpliría 106 años en 2021. Necesitó solo 44 de autodestrucción perseverante para hacer historia sin quererlo.

Como siempre, Antonio Muñoz Molina ha tenido razón en otra de sus columnas, la del suplemento Babelia correspondiente al sábado 13/02/2021 cuando habló de la amistad entre Elizabeth Hardwick y Mary McCarthy. Sobre todo, al comentar la «prosa híbrida y no sujeta a las convenciones de los géneros» de la Hardwick, una estantería literaria que toma del crítico David Shields, quien también la amó. Ella fue una escritora que no brilló mucho en vida, no como merecía, según Muñoz Molina y seguramente según Shields; pero mostró sosiego y talento suficientes como para empaparse de las cosas, de los personajes y del pulso de Nueva York. Tomándole el pulso, precisamente, a Nueva York, recabó suficientes elementos para reconstruir a uno de sus personajes reseñados en Sleepless nights, traducida al español como Noches insomnes (Novona Editorial, Barcelona, 2018): Billie Holiday.

En Nueva York fue donde Billie tuvo sus encuentros de hotel y sus viajes más químicos de la mano de su compañera letal. Al verla y escucharla en algún escenario más o menos cochambroso, Hardwick tuvo una certeza, la de que esta mujer «había rescatado de la oscuridad, quién sabe cómo, el milagro del estilo puro».

Muñoz Molina dice que su retrato de la cantante es su obra maestra. Quizá este extracto pueda ayudar a entender por qué lo dice:

Los labios seductores, los párpados aceitosos, el perfume violento y, en su voz, las eles y las erres del trópico. Su presencia y su voz creaban una ansiedad inmensa, creciente. Uñas largas y rojas y sonido de guitarras eléctricas. He aquí una mujer que no había sido cristiana jamás.

El mismo Muñoz Molina hace el prólogo de esta edición bien traducida. En efecto, esto no es novela ni es semblanza. Es una prosa fluida que va de las cartas al perfil y del perfil a una libreta de apuntes en un café de la Calle 42 donde hoy, nuevamente, sonará ‒en un desvencijado aparato Philips con aguja de zafiro o en una rockola arrimada al fondo‒ esa vieja canción de ausencia y desamor que ha tenido tantas versiones (pero ninguna como la suya, claro), These foolish things.