Anatomía de otro instante

En Madrid pueden aterrizar en un día, en su aeropuerto de Barajas, unos 140 vuelos durante una jornada más o menos normal (aunque esa cifra debe de estar aumentando tras la atenuación o fin de la pandemia). Eso quiere decir que en un día se pronuncia 280 veces el nombre «Adolfo Suárez» ‒ya que los anuncios de los tripulantes siempre se hacen en dos idiomas‒ cada vez que un avión de pasajeros se aproxima a la pista: es ese el nombre del aeropuerto que sirve a la capital del Reino. Ciento cuarenta veces para un público obligadamente atento: ¿qué porcentaje sabrá quién fue Adolfo Suárez? ¿Quiénes se imaginan un rostro o a quiénes se les aparece una historia en un rápido flashback tras la voz de la azafata anunciando el aterrizaje? Hoy, Adolfo Suárez es, muchas veces al día, apenas el alivio amarrado a la llegada a destino. Adolfo Suárez es, 140 veces al día, como mínimo, apenas un fonema sin historia ni grandeza ni temple ni significación alguna. No habrá evocación de aquel país buscando desesperadamente el camino democrático tras cuarenta años de dictadura. Apenas un al fin voy a estirar las piernas, en todo caso.

La foto que acompaña esta nota es la versión inmóvil de una fugacidad semejante: un nombre que habrá retenido apenas unas décimas de segundo el entonces presidente del gobierno ‒el nombre de Antonio de la Nuez Caballero‒ ya que el retrato sobre la repisa le habrá recordado acaso que hace esperar al rey en su propio despacho, nada menos que al rey, el amigo que lo ha ungido presidente a dedo en 1976. ¡El rey esperándole y él saludando, uno por uno, a los miembros de esta delegación isleña, que si no, luego van y dicen que Madrid siempre les ningunea!

El otro tal vez recuerda en este momento ‒instante cristalizado en el tiempo‒ algo que le ha dicho a alguno de sus hijos varias veces, el verso de Machado, el de una de las dos Españas ha de helarte el corazón pero acompañado por lo que alguien le había aclarado tiempo atrás «con fatal lucidez»:

‒Las dos, Antoñito, las dos.

Javier Cercas, que bien investigó a Suárez con vistas a su reportaje Anatomía de un instante, cuenta que era un hombre marcado por el atrevimiento de la ignorancia y el arrojo de los que nada tienen que perder. Pero poseía «una confianza desorbitada en sí mismo y un temple coriáceo de ganador». Cercas concluye que, naturalmente, en la tarea que le había encomendado el rey acabó quemándose pero para entonces ya había cumplido, es decir, ya había arraigado la monarquía y «levantado una democracia, quizá una democracia más completa o más profunda de lo que el rey y él mismo imaginaron en principio».

Ese es el hombre que mira con aparente concentración y amistosa afabilidad ‒aunque tenga su cabeza en otra parte‒ a quien tiene enfrente sin retener su nombre entre tantos, simplemente un académico de provincia. En el gesto de cada uno hay diferencias: el de la izquierda saluda atento solo a la fugacidad del instante pues tiene prisa por seguir mandando y empequeñeciendo enemigos; el de la derecha sabe que no hay fugacidad posible en la obra ni en la figura de quien le ha tendido la mano: aun ignorante, jugador y cantamañanas como es, le aguarda el mármol y la Historia y cierta inmortalidad. El académico ya sabe que Suárez merecerá algo más trascendente que ser mencionado 400 veces al día dentro de las cabinas de los aviones. / Sebastián de la Nuez

Nota: en verdad no se sabe cuál fue la ocasión, ni la fecha, ni el sitio, de la fotografía. Puede haber sido, eso sí, o bien en Madrid o bien en Las Palmas de Gran Canaria.