El terco Kotepa Delgado

Los periodistas deben ser honestos, Kotepa Delgado lo fue. Hasta la pared de enfrente. Los periodistas no tienen que ser objetivos, la objetividad es un espejismo y además resulta bastante inútil. En Kotepa Delgado no había un atisbo de objetividad sino humor e ironía y militancia en su idea del comunismo. Una militancia convertida en empecinamiento ciego. Su prédica ni siquiera encontró eco en sus hijos. Era un hombre ilustrado y con sensibilidad social. Eso es lo mejor que se puede decir de él; eso y que su columna «Escribe que algo queda» era muy divertida

Sebastián de la Nuez

Escribe, escribe que algo queda. Francisco José Delgado (1907-1998), mejor conocido como Kotepa Delgado, fue un hombre de malas pulgas pero incapaz de hacerle daño a nadie que no fuese su propia psiquis. Un modelo descontinuado del siglo XX: puede que se haya encontrado al mirarse en un espejo con un cacharro Lada al que se le cae el volante y le chorrea el aceite del motor. Kotepa Delgado no era un hombre sino un síntoma de bolchevismo inasequible al desaliento. Esa fue su marca y su aliento vital: identificarse con un espejismo.

Su mirada del oficio del periodismo era la del Kremlin, ni más ni menos. De haber vivido hasta hoy, ante los sucesos de Ucrania, probablemente hubiese justificado a Putin con todo y su séquito de oligarcas con yates de 90 millones de euros estacionados en los puertos de Europa. Lo que se sabe a ciencia cierta de Kotepa Delgado y se incluye en esta nota lo ha contado su hijo Igor, el mejor testigo posible, y algunos colegas de su tiempo que le sobrevivieron. Omar Pérez, por ejemplo, quien nació en su mismo pueblo, Duaca del estado Lara. Cuando Omar se fue a Caracas a estudiar Medicina en la UCV visitó primero Últimas Noticias para pedirle trabajo a Kotepa, primo de su papá. En Duaca, la familia lo llamaba el prócer por haber sido uno de los fundadores del PCV y un perseguido del benemérito Juan Vicente Gómez. Omar deseaba estudiar Medicina y Kotepa le comentó que el estudio le iba a exigir mucho y que, si deseaba trabajar, le sería difícil compaginar ambas cosas. Pero lo complació, lo puso en el mismo sitio donde tecleaban Raúl Domínguez, Carlos Lezama, Germán Carías y Carlos Jaén.

El comunista Kotepa había emprendido una empresa particular y riesgosa, ese diario llamado Últimas Noticias. Eso fue después de haberse iniciado como editor de El Morrocoy Azul junto al escritor Miguel Otero Silva ‒su amigo personal y compañero de ideas‒ y de haber participado en las manifestaciones del año 28, durante la insurgencia estudiantil contra el gomecismo. Lo encerraron en el castillo de Puerto Cabello y en La Rotunda por un total de cinco años. Lo pusieron a hacer trabajos forzados en la carretera Guatire-Araira. De esa etapa le quedó un enfisema pulmonar terrible porque, cuando no había quien les pasara cigarrillos a los presos, los adictos se fumaban los colchones poco a poco, comenzando con el algodón de relleno. Con todo y enfisema y cigarros de porquería el hombre duró hasta el 98.

Kotepa salió exiliado dos veces del país. Dentro del Partido Comunista hubo confrontación y él estaba en uno de los grupos en pugna, con  Juan Bautista Fuenmayor y enfrentado a la línea de Eduardo Machado. Acabó marginándose. Miguel Otero Silva era más cercano a los hermanos Machado y a Salvador de La Plaza, que estaban en el otro bando. Kotepa continuó toda la vida con sus convicciones ideológicas pero resultó marginado o él mismo se acostumbró a automarginarse. Lo invitaban a ciertas actividades del partido, al fin y al cabo era considerado una figura importante; pero hasta allí. Luego de mucho tiempo sin dirigirle la palabra a Gustavo Machado, hermano de Eduardo, un psicólogo portugués organizó una reunión en su casa y los invitó a ambos, a las familias también. Allí hicieron las paces. ¡Luego de treinta años!  

Perdió Últimas Noticias a manos de Miguel Ángel Capriles.  El diario era un poco el vocero del Partido Comunista y muy afín a la política del general Isaías Medina Angarita. Cumplía ese doble rol y, además, tenía una línea completamente antifascista. Era la época de la Segunda Guerra Mundial. Eso le trajo una serie de inconvenientes no solo a Kotepa sino al periódico. Hubo una confluencia de intereses adversos: aquella voz independiente y revolucionaria debía ser acallada. En la confabulación participaron los adecos. Algunas figuras prominentes en ese momento, junto con Miguel Ángel Capriles, administrador del periódico, formaban parte del asunto y, echando mano de triquiñuelas legales y con el respaldo político de Acción Democrática, le quitaron el periódico. Estaba dividido en acciones. Fue un proceso largo, con deficiencias desde el punto de vista jurídico. Capriles terminó quedándoselo y se convirtió en un magnate, desarrolló un verdadero emporio del periodismo impreso que ha llegado hasta hace muy poco, entregado, por cierto, al chavismo.

Después, en casa, le dirían a Kotepa que si no le hubieran quitado el periódico la Torre Capriles se llamaría Torre Delgado. Igor dice que a su padre nunca le importó el dinero; pensaba que lo mejor fue lo que ocurrió, que lo despojaran del periódico. En todo caso, después vino una dictadura y se lo hubiesen quitado igual. Así pensó toda la vida. Para la relación con su mujer fue un asunto bastante traumático. A la casa llegaron un día a embargar todo lo que pudiese ser embargado por orden de los tribunales. La familia vivía en La Pastora, en una casa alquilada muy pequeña. En los años sesenta habría un rompimiento de la pareja formada por Ana Senior y Kotepa Delgado, pero nunca se divorciaron. Luego del rompimiento se veían eventualmente aun cuando nunca mantuvieron amistad. Los muchachos, dos varones, oficialmente vivían con la madre pero debían repartirse. Igor recuerda ese periodo como algo horrible: oscilar entre dos casas distintas. «Una semana en casa de mi mamá y la otra semana en casa de mi papá. Fundamentalmente fue mi madre quien se ocupó de sacarnos adelante».

El joven activista Kotepa Delgado formó parte de las protestas estudiantiles contra el general Juan Vicente Gómez hacia el año 1928. Después fundaría junto a otros camaradas el Partido Comunista de Venezuela, sería protagonista de la huelga petrolera en la época de López Contreras ‒a finales de 1936 y comienzos del 37‒ entre otros con el gordo Quintero y Juan Bautista Fuenmayor. Triunfaron los huelguistas pues, aun cuando el aumento conseguido fue irrisorio, el impacto político resultó portentoso.


A partir de cierto momento, los ingresos que comenzó a tener Kotepa fueron precarios, producto de colaboraciones periodísticas. Montos irrisorios. Empezó a vivir en pensiones. Vivió durante mucho tiempo en la pensión Cantaclaro, frente a El Arepazo, en Chacaíto. Colaboró con Simón Díaz —lo cual significó algún ingreso adicional— en un programa de radio de versos rimados y ese tipo de cosas. Después de que vivió en aquella pensión y en algunas otras que han desaparecido completamente, se mudó para la Guanche, en Macuto, y vivió mucho tiempo allí. Era una casa muy antigua que pertenecía a la familia del general Crespo y la regentaba un exiliado español, camarada también. Kotepa se convirtió allí en una figura emblemática, iba mucha gente a saludarlo, a pedirle consejo u opinión o a conversar. Kotepa fue muy amigo de José Vicente Rangel y de Luis Miquilena, las dos joyitas que auparon a Chávez desde el ámbito civil y con sus consejos prácticos. La amistad vino porque, en la época de Rómulo Betancourt, fueron ellos quienes respaldaron económicamente, con una imprenta, a La Pava Macha, la revista de humor que tenía su sede en las oficinas del periódico Clarín, el que Rangel y Miquilena habían fundado mientras estaban ligados a URD, el partido de Jóvito Villalba. Formaban su ala más izquierdosa.

Kotepa fue un romántico empedernido, convencido de las bondades del comunismo. El capitalismo se derrumbaría y él habría de asistir a ese estruendoso derrumbe. Su humor siempre tuvo una intencionalidad política. Humor para despertar la conciencia de la gente. Pensaba que su función vital era esa, poner en el verbo su ideología y que así le llegara a los demás. A veces tenía juegos de palabras en su columna «Escribe que algo queda» ‒los domingos en el suplemento de  El Nacional‒ realmente jocosos, como aquel cartelito que había visto, según contaba, a las puertas de un rancho: SE VENDE ESTAÑO. Luego agregaba que al cartelito se le había caído la sílaba «ña», de modo que lo que en realidad decía era SE VENDE ESTA ÑOÑA.

Cuenta Igor que a veces extremaba su crítica a sus hijos: los quería convencidos para la causa y no lo estaban, en absoluto:

«No teníamos esa valoración política, en el fondo no éramos iguales a él en esa persecución de un objetivo. Y así murió. Nunca nos pegó cuando estábamos pequeños, nunca nos infringió castigo físico. Nunca. Entonces lo que hacía era que, según el tamaño de la falta, nos ponía la tarea de hacer resúmenes de libros o cuentos breves. La vocación literaria que yo tengo creo que es por eso. Recuerdo que eran libros que estaban en la biblioteca, alguna que luego perdía en sus constantes mudanzas. Cuando vivíamos en La Pastora, en medio del decomiso se llevaron toda la biblioteca. Pero él siempre las reconstituía. Se interesaba por nuestra educación y nosotros siempre fuimos buenos estudiantes».


Kotepa Delgado, paradigma del iluso comunista que persevera por encima de cualquier evidencia en contra, pasó toda una vida observando el mundo con los mismos anteojos estropeados. Tenía inscrita en su alma la corazonada de que la utopía habría de aterrizar entre los pueblos que jamás serán vencidos. Una vida de abstinencia en lo material, siempre al borde de la inanición. Al contrario que Héctor Mujica, un comunista a quien le encantaban la buena mesa, el vino y las mujeres voluptuosas, elegantes, de buen ver. El comunista mundano. Dos personalidades completamente distintas. 

Los reconocimientos le llegaron solo del ámbito periodístico. Con el premio municipal que le dieron en cierta ocasión se fue a China: fue un gran impacto, le pareció una cultura tan diferente que deseó quedarse a vivir allá. Finalmente desistió; antes había estado con la familia en la Unión Soviética, cuando ya se veía la caída del comunismo aunque él no aceptaba el desmoronamiento, jamás admitió fallas en el sistema. Es lamentable que haya sido la primera persona que en su columna lanzó al golpista Hugo Chávez como candidato presidencial, según recuerda su propio hijo Igor.

Es historia patria: cuando el preso Hugo Chávez, un bandolero cantamañanas, salió del presidio de Yare, Kotepa lo postuló, consignó sus virtudes. No vivió para saber cuán equivocado estaba pues falleció en agosto de 1998, antes de que el militar ganara las elecciones de ese año.