La cara oculta de El Diario

Daniel Divinsky en 2014 (foto tomada de internet).

Estuvo a cargo de la sección cultural de El Diario de Caracas más o menos hasta septiembre de 1982, cuando decidió regresar a su Buenos Aires querido tras la guerra de las Malvinas. Antes había coordinado una colección de libros ecléctica que venían con cada edición del domingo. Daniel Divinsky, huido de uno de los gorilatos que azotaban el Cono Sur hacia finales de los 70, recién llegado a Venezuela ya había encontrado un trabajo apasionante en un medio impreso que abría caminos y rompía con cierto adocenamiento del periodismo local. He aquí fragmentos de su historia al lado de personajes como Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Terragno y Juan Fresán

Sebastián de la Nuez

La colección que dirigió, Libros de Hoy, fue emblemática dentro de un periódico ideado por sureños y escrito ‒mayormente‒ por un buen puñado de reporteros criollos, todavía estudiantes de Periodismo o con escasa experiencia. Los operadores del proyecto eran, principalmente, Rodolfo Terragno, Miguel Ángel Díez y Tomás Eloy Martínez como cabezas visibles del nuevo periódico aparecido el 2 de mayo del 79, y en la parte técnica, el paraguayo Julio Blanco. Los primeros tres, argentinos. Detrás de estos cuatro, o con ellos, una pléyade de exiliados o desterrados o simplemente emigrantes provenientes del Cono Sur, principalmente Uruguay, Chile y la misma Argentina de Leopoldo Fortunato Galtieri y Jorge Rafael Videla. Entre ellos estaban, en varios departamentos, Carlos el Negro Jorquera, Edgardo Silberkasten, Claudio Trobo, Carlos Coello, Raúl Lottito, Miguel Guagnini y Daniel Divinsky.

De este último trata esta historia.

Daniel Divinsky hoy tiene 80 años y se ha retirado de su prolífica actividad editorial ‒que debe de haber durado unos 50 años‒ pero en todo caso recuerda, como si hubiese ocurrido durante la pandemia, el día en que lo llamó Tomás Eloy Martínez para encargarle la colección de libros que saldrían los domingos con el periódico. En vez de suplemento cultural, libros. Así, sin más: libros regalados con la edición dominical. Es 1979, durante los estertores de la Gran Venezuela y en las siguientes elecciones será elegido Luis Herrera Campíns como presidente de la República.

Divinsky dice sobre Martínez que era «un tipo brillante pero con tendencia a la procrastinación». Como era así, y solo por ser así, Martínez lo estaba llamando apenas dos semanas antes de que El Diario hiciera su aparición pública. Los demás periódicos sacaban un suplemento cultural dominical pero El Diario sería, también en eso, distinto.

El ilustrador argentino Juan Fresán vivía en Residencias Country, en la urbanización Campo Alegre, el mismo edificio en que vivía Divinsky (cerca de la Torre Europa, en Chacao). Se reunieron en el jardín del edificio, donde había piscina y un pequeño parque infantil, y se pusieron a hablar del encargo. Fresán había hecho el diseño de la colección de la Biblioteca Ayacucho, seguramente llevaba mucho más tiempo que Divinsky en Caracas. No se plantearon nada  de tomos empastados o cosidos o algo parecido sino algo más económico y dúctil: cuadernillos a tamaño recortado pero muy originales como propuesta editorial y en su presentación. Al proyecto lo llamaron Libros de Hoy. Lo único que se había seleccionado para la colección era el número de inicio: El Libro de Caracas de Guillermo Meneses. Sería, en honor a la naturaleza y nombre del propio periódico que se estrenaba, una reedición de la memoriosa crónica que el escritor criollo había escrito con motivo de los 400 años de la capital cumplidos en 1967.

De modo que con dos semanas de antelación, en un jardín de un edificio caraqueño propio de la clase media en ascenso, Juan Fresán, a mano alzada, dibujó la maqueta de lo que iba a ser la cubierta de la primera entrega ‒se parecía bastante a lo que había hecho para la Biblioteca Ayacucho‒, y ese diseño quedaría como plantilla de Libros de Hoy, un estilo con su formato y tipografía. La colección tendría personalidad.

Fresán había sido también el creador de la cabecera de El Diario. Divinsky y Ana María Miler  ‒mejor conocida por Kuki, pareja y socia en la editorial que habían dejado en Argentina, Ediciones de La Flor‒ se dedicaron, con unas tijeras, recortando libros que tenían, a recabar una antología del humor gráfico latinoamericano mientras conseguían la autorización de los herederos de Guillermo Meneses para la publicación del primer número. Se han contabilizado 74 entregas con lomo pegado, según la investigadora argentina Alejandrina Falcón (su relación de títulos y autores está en este enlace); pero hubo una serie adicional, ya en versión de folleto engrapado y papel periódico, lo cual le restó personalidad a la colección pero permitió que continuara. Según Divinsky, llegó a 120 entregas (esa cifra no es segura: al propio Divinsky podría fallarle la memoria; no conservó una cuenta fidedigna ni su propia reserva de números publicados).

El cambio a un formato menos atractivo y más barato se debió a Marcel Granier ‒uno de los capitanes del Grupo 1BC que adquirió las acciones de El Diario en 1982‒: la nueva directiva consideraba los costos de la colección demasiado altos. En todo caso, luego de todos estos años, DD habla con orgullo de esa experiencia:  «Publicamos a los grandes de la literatura venezolana y a muchos jóvenes también», dijo a través de Wassap, desde Buenos Aires.

Para varias antologías se utilizaron los servicios del escritor cubano-venezolano residente en Mérida, Julio Miranda, uno de los estudiosos más sistemáticos y serios de la literatura venezolana. Como en esa época se instaló el Metro en Caracas, la primera antología que se le pidió fue sobre cuentos del metro.

«Nos quedamos en Venezuela porque Venezuela era una isla democrática  en un contexto de dictaduras latinoamericanas, y ofrecía condiciones económicas muy favorables, además de ser un escenario social no reactivo a la presencia de extranjeros y exiliados.»

Los gerentes del Grupo 1BC, principalmente Peter Bottome y Marcel Granier, llegado cierto momento tras su compra, echaron de su puesto a Ana María Miler (con una sola ele, por un error del departamento de Migraciones cuando sus abuelos llegaron a la Argentina) y luego de haber abaratado los costos de la colección, al cabo de un tiempo la pararon definitivamente. Entonces, a Divinsky le propusieron encargarse de las páginas culturales. Nunca había ejercido el periodismo, su papel siempre había sido el de editor o vendedor de libros. «Fue un desafío muy lindo porque me obligó a adentrarme aún más en la cultura venezolana».

Antes de llegar a Venezuela, no es que Divinsky hubiese permanecido preso en la Argentina y escapoara de las garras del militarismo para huir, no; solo estaba a disposición del Ejecutivo nacional. Lo estuvo durante 127 días hasta que se marchó. Su vulnerable condición venía dada por una facultad arbitraria que rige o regía bajo el estado de sitio, un artículo de la Constitución permitía esa figura: quedar «a la disposición de…». El gobierno podía ponerlo preso a él y a su mujer, pues ambos estaban bajo la misma amenaza, en cualquier momento, sin fórmula de juicio previa ni cosa semejante. La Constitución establecía desde tiempo inmemorial que, en caso contemplado como «de conmoción», el ciudadano tenía derecho a salir del país. Pero la dictadura suspendió esa posibilidad y le confirió al poder ejecutivo la facultad de dejar que el ciudadano pudiera o no irse del país. Y eso fue por la publicación de un libro infantil que se llamaba Cinco dedos, una versión de la fábula según la cual la unión hace la fuerza: una mano con sus cinco dedos que se pelean entre sí y hay otra mano que los maltrata y los insulta hasta que descubren que cinco dedos pueden formar un buen puño y se defienden. Como la mano que triunfa era de color rojo, un coronel de una guarnición del sur del país consideró que era una incitación a la subversión y ese expediente terminó con ellos, Miler y Divinsky, en la cárcel, más la persona que entonces dirigía la colección en la cual había salido ese cuento bajo el sello Ediciones de La Flor. Esa otra persona era la mujer del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, pero resulta que ella se había ido a París y las autoridades argentinas no pudieron atajarla.

A ellos, Miler y Divinsky, los fue a buscar un grupo de policías a la oficina, y el hecho de que estuvieran uniformados, dice DD ahora, era casi un privilegio, porque en esos años se utilizaba mucho la figura del parapolicial ataviado de paisano. «Además, no estuvimos desaparecidos nunca, siempre dijeron dónde nos llevaban».

Estando presos, comenzaron a pensar en marcharse. Divinsky asistía a la feria del libro de Frankfurt cada año, cuyo director estaba casado con una argentina; esta se preocupó por la situación de la pareja, de modo que su esposo envió una comunicación al gobierno argentino, exactamente al secretario general de la presidencia, informando de que los invitaba, a Kuki y Daniel, como representantes oficiales de Argentina a la feria de ese año, que era en octubre. A ellos los habían puesto presos en febrero. El samaritano director argumentaba ante la autoridad argentina que se haría responsable por ellos y que tenían en Lufthansa los pasajes a la disposición y que, aunque la feria era en octubre, podían viajar cuando quisieran: los alemanes se harían cargo de los gastos de los Divinsky. La historia tiene muchos más vericuetos y no fue tan fácil como suena, pero ya se encargará tal vez el propio Divinsky de contarla en alguna autobiografía. Lo cierto es que salieron de Argentina en la línea aérea Lufthansa y entre otros sitios tocaron en Venezuela.

«Un gesto conmovedor, el del director de la feria. Eso no nos liberó de inmediato pero aceleró nuestro proceso. Ni Kuki ni yo teníamos ninguna militancia política, solo en la universidad, en un grupo progresista pero sin militancia en ningún partido y mucho menos en cualquiera que estuviera mezclado en la lucha armada. Eso nos favoreció.»

Cubierta de la antología de cuentos fantásticos que apareció en el número 8 de la colección.

Divinsky era un editor, siempre lo había sido, que iba recorriendo ciudades cada año: Quito, Guayaquil, Cali, Bogotá, Cartagena, Ciudad de Panamá, Caracas… La razón: no había buena distribución de libros entre los países latinoamericanos y entonces él vendía directamente a las librerías. En Caracas ya tenía una red de amigos. En esa ciudad se produce un desayuno crucial. Era 1977. El escenario: cafetería del Hotel Caracas Hilton.

«Conocíamos a [Rodolfo] Terragno porque él había dirigido una colección de libros sobre ciencia política que se llamaba Cuestionario, y se había instalado en Caracas porque representaba a una bodega que vendía mostos, cepas para un desarrollo vinícola en Venezuela. Trabó conocimiento con Diego Arria y este lo llevó a trabajar con él en el Ministerio de Turismo. Miguel Ángel Díez recaló allí también; tuvimos un desayuno en el Caracas Hilton, donde estábamos alojados. Nuestra intención era poner una sucursal de la editorial. «Y con cuánto dinero piensan instalarse», me preguntaron. Pensábamos en lo que nos podía mandar un tío mío y dijimos «tres mil dólares». Se sonrieron un poco y Terragno nos dijo: «Bueno, el único país donde pueden tener un empleo haciendo lo de ustedes, bien remunerado, mientras aprenden cómo se puede hacer una editorial con solo tres mil dólares, es Caracas en este momento.»

‒Terragno se había ido a Caracas en 1975, cuando empezó la represión de la Triple A. Ha sido de ese grupo su mejor amigo, según entiendo.

‒Sin duda. Le sigo teniendo mucho cariño, aunque estamos distanciados por razones políticas.

Divinsky había sido discípulo de Ángel Rama, quien a la sazón dirigía la Biblioteca Ayacucho. Le preguntó si le podía conseguir algún trabajo. Le contestó Rama que en ese mes, que era julio, era imposible, pero que a partir de enero sí era posible aunque se lo tendría que plantear a la comisión directiva. Rama se fue a México a una conferencia sobre el exilio uruguayo y Divinsky, antes de marcharse de Caracas, le dejó una carta por debajo de la puerta de su casa en Bello Monte diciéndole que tratara de conseguirle ese empleo. Al mismo tiempo atisbó otra posibilidad: en ese momento se acababa de crear la Editorial Ekaré, del Banco del Libro, a cargo de Carmen Dearden y Verónica Uribe, una exiliada chilena. Las fue a ver para venderles libros infantiles de La Flor, comentó que él y su mujer se estaban instalando en Caracas y así surgió la posibilidad de que Kuki trabajase allí a medio tiempo.

Siguió el recorrido: fueron a la Feria de Frankfurt, estuvieron en Barcelona, regresaron por México, donde se quedaron hasta que en enero de 1978 les llegó la visa de transeúnte, la cual les permitía trabajar en Venezuela. Al día siguiente, volaron a Caracas, la prometedora Caracas que les abría la posibilidad, de una vez, de incorporarse a una vida de trabajo en un ambiente democrático y en el ramo que a la pareja le era familiar.

‒¿Qué le parecía El Diario como proyecto periodístico?

‒Me parecía fascinante, me parecía la introducción del periodismo moderno con sus párrafos cortos y artículos que terminaban en la misma página donde comenzaban; el titular de primera página y las fotos de (Luigi) Scotto eran geniales, geniales de verdad. Sacó una foto de un grupo en una reunión importante y todo el mundo tenía su copa escondida, con las manos atrás.

‒De Diego Arria, ¿qué pensaba?

‒Diego Arria era un aventurero, un aventurero audaz que fue muy generoso con los exiliados argentinos.

En cierto momento, Kuki decide volver a la Argentina «a ver qué pasa». Habían dejado su apartamento en Buenos Aires y lo tenían a la disposición; además, la editorial seguía funcionando, aunque muy a media marcha en manos de la suegra de Daniel. La señora, dice ahora él, la manejaba con mucha prudencia.

Kuki Miler llega a Buenos Aires y a los tres días se declara la guerra de las Malvinas, el 2 de abril de 1982. «Nuestros amigos están apoyando a los militares, es una cosa horrible», le dijo Kuki por teléfono. Lo primero que DD hizo entonces, en Venezuela, ese día, fue sacar su carnet de conducir pues hasta entonces había tenido el internacional. Esa decisión ‒la de sacarse el carnet venezolano‒ era la confirmación de su pensamiento: nunca volvería a la Argentina.

Pero en todo caso se dijo que tenía que ir a ver qué pasaba. Había un proceso judicial en curso, porque otro libro de la editorial, uno sobre el movimiento de los Panteras Negras escrito por el cantante de blues Julius Lester, y otro donde un maoísta francés ´de origen griego (Kostas Mavrakis) criticaba al trotskismo, habían venido a echarle más leña al fuego. Este último, filósofico y abstruso a tal grado que los militares no podrían entenderlo jamás… y, sin embargo, fue prohibido y secuestrado. A DD lo habían llamado a declarar y él, por supuesto, no se había presentado porque no estaba. De modo que después de la guerra regresó por Montevideo: desde allí no se necesitaba el pasaporte para entrar a la Argentina, sino el documento de identidad. Se anunciaban las elecciones, en las cuales era muy posible que ganara un peronista. Fue a declarar a La Plata. El propio secretario del juzgado le dijo «mire, cómo va a ser, ¡mandar una orden de captura por un libro, qué barbaridad!»

Todo parecía indicar que había salido de la zona de peligro. Declaró lo que tenía que declarar y ya. Decidió volver definitivamente a Argentina, entonces. De modo que regresaron ambos a Venezuela a finiquitar sus compromisos pero, entonces, «Kuki se puso a decir que no, que Argentina era un lugar muy peligroso». Se fue a la ciudad de San Francisco con el hijo de ambos, de unos 10 años por ese entonces; Daniel, por su parte, decidió volver solo a Buenos Aires. Devolvieron el apartamento alquilado, la Biblioteca Ayacucho les financió sus últimas semanas en el Hotel Hilton y pagó el flete de su enorme biblioteca formada en Venezuela. Dice Daniel que adora a José Ramón Medina ‒por entonces presidente de la Ayacucho‒ y también a Oswaldo Trejo, que era coordinador editorial o algo semejante.

Al regresar a su tierra, participó como independiente en la campaña de Raúl Alfonsín. Cuando ganó, Alfonsín lo llamó y le propuso dirigir la radio del Estado. Estuvo dos años dirigiéndola. Argentina, a trancas y barrancas, comenzaba a hallar su camino democrático arrastrando sus traumas y sus cuentas por pagar. Venezuela, por su parte y sin traumas aparentes sino problemas que bien podían solucionarse en democracia, estaba próxima a embarcarse ciegamente, sin embargo, en un declive inexorable.