La última noche de Gerda Taro

La fotorreportera Gerda Taro muere durante la retirada del ejército republicano, al final de la Batalla de Brunete durante la Guerra Civil española. En estos días se cumplen 85 años del acontecimiento ‒una batalla con cuarenta mil víctimas, la más cruenta de toda esa guerra‒. El ICP o International Center of Photography en Nueva York y también una asociación histórica de la propia villa de Brunete aprovechan la efeméride, cada cual dentro de su campo natural de interés. Gerda Taro, primera fotorreportera muerta en un frente de guerra, se ha convertido en una leyenda al lograr salir de la sombra de Robert Capa. Sin embargo, ahora que el festival PhotoEspaña ha abierto sus puertas en varias ciudades de la península, es de lamentar que no se le haya dedicado una exposición

Sebastián de la Nuez

La tienda oficial Leica en Madrid queda en la calle Ortega y Gasset, 34, haciendo esquina, y comprende una galería para exhibiciones en el sótano que a la vez sirve como academia de fotografía. Bajo el patrocinio de Fundación Loewe se muestra, dentro del marco de PhotoEspaña, un buen grupo de imágenes de George Platt Lynes, el chico de Nueva Jersey nacido en 1907 que se instaló en Nueva York a los 20 años, absorbió todas las tendencias artísticas en boga y se dedicó a fotografiar ballets y desnudos masculinos. Sufrió la represión y la censura de una sociedad que no estaba preparada para eso. Esta exhibición coincide con la semana del Orgullo Gay que ha estado celebrándose por las calles de la capital del Reino.

En la representación local de la prestigiosa marca se consigue una gama de cámaras digitales de última generación pero también analógicas, junto con espectaculares telescopios y fundas para cámaras y accesorios. Como decoración, una pequeña colección de retratos de figuras del jazz, en blanco y negro, en la pared de la escalera que conduce a la galería. Ninguno de los dos empleados que estaban en la tienda-galería-academia, este viernes 8 de julio por la tarde, supo decir si en España hay algún estudioso o especialista que haya dedicado ensayos a Gerda Taro, quien utilizaba en la Guerra Civil precisamente cámaras Leica.

En PhotoEspaña de este año ni se la menciona; hay, en cambio, la revelación de dos fotógrafas que trabajaron para el anarcosindicalismo recogiendo viñetas de Barcelona, Aragón y Valencia durante la Guerra Civil. Los pueblos donde eran fuertes los de la CNT fueron retratados con sus gentes, en su cotidianidad o en medio de la guerra, con sus precariedades. Las dos fotógrafas eran judías: la húngara-mexicana Kati Horna y la austriaca-australiana Margaret Michaelis. Hay fotos interesantes pero en general las copias son demasiado pequeñas ‒en esta exposición dentro de la Real Academia de las Artes de San Fernando‒ como para apreciarlas cabalmente.

Gerda Taro se ha convertido en un icono del fotoperiodismo, mito de actualidad puesto que representa una de esas figuras femeninas que permaneció a la sombra de un sol que no permitía eclipses. Siempre la va a rodear un halo de fabulación, por sus amores, por sus pasiones y su abrupto fin; mito y mujer reunidos en un personaje que toma posición por la República, pero sobre todo desde su antifascismo militante; a partir de allí desarrolla su oficio, haciendo de esa unidad un compromiso y una firma: su vida será su oficio, y su muerte también.

El lugar donde murió o comenzó a morirse no tiene mayores indicaciones sino un árbol y el nombre que alguien puso sobre la rala maleza, en letras pintadas sobre cerámica. Fue una acción privada, por lo que dicen en Brunete. A ninguna institución, a ningún ayuntamiento, se le ha ocurrido hacerle un monolito que cuente cómo fue que esa chica llegó hasta allí, hasta ese punto de la meseta castellana hoy cruzado por autos y corredores en sus zapatillas de goma, tal vez indiferentes.

¿Dónde se supone que fue exactamente el accidente fatal? Según se sale de Villanueva de la Cañada por la autovía o carretera M-600, se alarga una recta hacia el norte y va a perderse de vista en el próximo recodo. En ese tramo recto, del lado de la vía mirando hacia El Escorial, está aquel árbol solitario. Se estima que en un radio de 50 metros ocurrió el accidente que la hirió de muerte. Del episodio se cumplirán ahora 85 años, el 26 de julio. El diario ABC, en manos de los rojos por entonces, sacó una breve nota hablando de lo ocurrido a la joven repórter de Ce Soir.

Ahora, el pueblo de Brunete, a través de una asociación no oficial ‒pero con una buena relación con el ayuntamiento‒, se reunirá en torno a su figura para hablar de Historia y fotoperiodismo en zona de guerra. El ICP, con el comisariado de la especialista Cynthia Young, prepara una exhibición Capa-Taro para septiembre.

Fotos de Gerda Taro reproducidas en el libro de Jane Rogoyska.

Gerda no se entendería sin su Leica y tal vez ciertos elementos sobre la Batalla de Brunete no se entenderían sin la Leica de Gerda. El escritor checo Milan Kundera ha dicho que la memoria no filma, fotografía. Eso quiere decir que la manera en que la mente humana actúa ante los hechos que le fascinan o conmueven o le revelan algo se parece a la operación de una máquina fotográfica. Cada una de las fotos de Gerda Taro es parte de su memoria, y esa memoria se proyecta y propaga al ser observada por otros. Al ser humano le es permitido, de este modo artificioso, asistir a la memoria de quien ya no está; y así entiende y se conmueve ante su mirada que refleja el drama del joven (en la página de la izquierda), imagen encontrada en La Maleta Mexicana entre más de 170 fotos tomadas por ella en Brunete. La que se reproduce aquí viene en el libro Gerda Taro: inventing Robert Capa, de Jane Regoyska. Ese rostro infantil está hecho con su mirada, o sea, formó su memoria. ¿No es, acaso, la captura de la vulnerabilidad que se dirige al desastre inevitable? Ese miliciano casi niño está condenado y sobre él se cebará la barbarie nazi. Lo primero que hará el observador, al encontrarse con esta foto, será completar la memoria que contiene y lo hará, lógico, conociendo los datos que se han sabido después. La Legión Cóndor será clave para darle la victoria al franquismo en Brunete y alrededores. Brunete, en ese sentido, es el complemento perfecto del ensayo en Guernica.

La Leica, la reina ubicua de las cámaras que llevaron los corresponsales de guerra a partir de los años veinte del siglo pasado, acaba de cumplir cien años. Hay quienes se han dedicado a examinar cómo es que la Leica ‒su versatilidad, su formato, su portabilidad‒ cambió la mirada del hombre sobre el entorno, los otros, el gesto callejero; la moda, la guerra, lo público. La Leica contribuyó a cambiar la forma en que la humanidad se mira a sí misma. Es algo que se puede verificar en portadas de revistas, páginas de periódicos, documentos originales. Con la Leica se construyó un vivo retrato del siglo XX desde múltiples ángulos. Uno de esos ángulos es más bien una trinchera, y dentro está Gerda Taro.

La chica de la Leica (siguiendo el título de la novela de no ficción de la periodista alemana Helena Janeczek), nacida en Stuttgart en 1910, tuvo un mes de julio del 37 muy agitado: desde sus primeros días asistió al Segundo Congreso de Intelectuales Antifascistas en Valencia. Robert Capa le ha dejado su filmadora Eyemo y se larga. No volverá a España hasta diciembre del 37, para la ofensiva de Teruel. Sin embargo, teme por ella, se la deja a cargo a Ted Allen, quien también está enamorado de la chica de la Leica.

Muchos intelectuales no asistieron al congreso pues pensaban que discutir sobre literatura en aquellas circunstancias resultaba infantil y fútil. Otros tuvieron impedimentos de visa, porque en sus países sabían muy bien el riesgo que correrían al pisar España. El congreso se traslada a Madrid y allá va Gerda el día 6, justo cuando comienza la ofensiva republicana sobre Brunete. Ya los periodistas no estaban atendiendo a los largos y tediosos discursos sino que permanecían alertas ante los rumores. Uno de esos días, los congresistas fueron llevados a Guadalajara para que asistieran a un frente de guerra dominado por los republicanos, donde no correrían peligro simplemente porque en ese momento no había actividad bélica. Allí, ese día, estuvo Gerda. Hay un vídeo en You Tube que la sigue paseándose entre los asistentes al congreso, cámara en mano; también una foto (sin acreditar autoría) de ella en Guadalajara, pelo cortado cuidadosamente a lo garçon. Para ese momento ya el censor Arturo Barea estaba bastante harto de todo, de los intelectuales y de sus superiores. El congreso regresaría a Valencia, luego se trasladaría a Barcelona y terminaría sin pena ni gloria en París.

¿Cómo puede seguirse el trazo de Gerda Taro hoy en día, para rescatar geográficamente su último periplo, o nada más para preguntarse por qué se empeñó en estar a la hora equivocada en el lugar equivocado, con tan solo 26 años? Hay un detalle: que para ella no era así. Ella pensaba que estaba donde debía estar. Su ángel de la guarda (inútil), Ted Allen, decía que se veía a sí misma como talismán o amuleto tranquilizador para los hombres. A un colega de la revista Regards le diría que permanecía en España ‒o más exactamente en Madrid‒ porque los eventos le ordenaban hacerlo, y que seguiría allí mientras las cosas se pusieran más rudas, arduas, escabrosas.


La leyenda de Gerda crece, además, o principalmente, porque se entregó a una causa en la que creyó y fue una entrega absoluta, sin miramientos ni remilgos. No necesitaba volver a la Guerra Civil en julio del 37 pero volvió: después del congreso y todo eso, se encontró con Robert Capa en París y el 14 de ese mes de julio estuvo por sus calles desfilando ¡en una urbe que amaba y que permanecía en paz! Se celebraba la fiesta nacional francesa. Pero volvió. Volvió porque no solo Ce Soir sino Regards querían sus fotos y ella seguramente se sintió profesionalmente realizada; volvió porque deseaba denunciar con su trabajo las bestialidades del otro bando; volvió porque se sentía un talismán o algo parecido. Volvió porque con sus fotos deseaba enaltecer el arrojo y entusiasmo de su bando. Volvió y se convirtió en la primera fotorreportera muerta en un frente de guerra. Gerda Taro no es otra cosa, a final de cuentas, sino el antecedente directo de Shireen Abu Akleh, la reportera palestina de la red Al-Jazeera que falleció en la madrugada del 11 de mayo de 2022 tiroteada por efectivos del ejército israelí (aparentemente por error).


Si el visitante u observador se detiene  frente al cementerio antiguo de Villanueva de la Cañada, a diez minutos de camino en auto desde Brunete, verá cuán llana y reseca luce la comarca. La vegetación está sedienta. Parece como si al gamelote ‒los lugareños no lo llaman de esta forma, pero es gamelote puro‒ le diera pereza crecer o simplemente sobrevivir. A lo lejos se ven unas montañas y eso es El Escorial. A la derecha, por aquel paraje oscuro que apenas se vislumbra, corre el Aulencia, afluente del Guadarrama, principal río de la meseta castellana. Desde allí venían los combatientes republicanos el 25 de julio de 1937 en su huida de Brunete, donde ya se estaban concentrando las fuerzas franquistas. Los rojos, con sus carros de combate y su arsenal exiguo, venían hacia este lado para enfilar a continuación por Villanueva de la Cañada ‒que todavía no estaba tomada‒, pasando frente al viejo cementerio e irse hacia El Escorial, que realmente desde allí parece lejanísimo. Desde El Escorial ya podrían marchar hacia el norte buscando Madrid. Era el camino lógico de la huida. Para entrar a Madrid había que pasar por El Escorial.

También se ve al fondo Villanueva del Pardillo, pero esa villa ya estaba tomada por los nacionales cuando se produjo el accidente de Gerda. Los republicanos, antes, habían desfilado pegados del Aulencia porque por allí hay una zona boscosa que los protegía, no es como el resto de la topografía, tan plana y tan realengo su paisaje de chaparrales donde cualquiera, a lo lejos, ofrece un fácil blanco.

Gerda venía en esa caravana, ya había tirado las fotos que requería.

El coche que la había trasladado hasta Brunete se había devuelto hacía horas; ahora andaba en otro, de color negro, que servía de ambulancia. Al venirse hacia acá estaban todos a descubierto; avanzaron, aprovechando que no se escuchaban los aviones alemanes. Pero los aviones reaparecieron. Ya fuera porque se asustó su conductor o por alguna otra causa, aquel tanque que iba junto al coche donde Gerda se hallaba encaramada (sobre el estribo) dio tal bandazo que los empotró. Los trípodes y otros instrumentos de Gerda estaban en la cabina, con tres o cuatro heridos que debían ser conducidos, de inmediato, al centro más próximo. El remezón la hizo caer y quedó atrapada bajo el tanque.

Murió en el Convento de los Sagrados Corazones de El Escorial, donde había sido instalado un hospital provisional a cargo de un grupo de médicos ingleses. La herida en el abdomen fue terrible. Ese convento y sus adyacencias son otra cosa hoy en día, aun cuando siga siendo propiedad de la congregación de los Sagrados Corazones. Ya no es convento sino residencia. Es un sitio bucólico y frondosamente verde, jardines bien cuidados, fuentes y obras de piedra dedicadas a la Virgen; lugar bueno para el recogimiento y la reflexión. Ya no existe el edificio original, aquel en uno de cuyos cuartos estuvo recluida Gerda durante sus últimas horas. Ese edificio fue derribado y el muy amable superior Vicente muestra su fotografía ‒en un folleto que publicó un compañero suyo‒ con la edificación nueva enfrente de él, la que ahora ocupa el terreno.

Tras una de aquellas ventanas del primer piso yació ella, aguantando el dolor gracias a la morfina, su abdomen aplastado, preguntando a los médicos o enfermeras, porque esta parecía ser su mayor preocupación, dónde estaban las cámaras, cómo habían quedado, ¿se salvaron en el arrollamiento?

Se refería a la Eyemo que le dejó Capa y la Leica que siempre llevaba.