El otro trabuco

Oscar D’León durante su actuación en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII.

Sebastián de la Nuez

Ahí se movía, anoche, en el Real Jardín Botánico de la Complutense, el león de Caracas, el negro que en 1967 ‒cuando lo del terremoto, el cuatricentenario, la fuga del San Carlos y la guerrilla‒ manejaba un taxi para ganarse la vida (se había comprado un carrito con las prestaciones que le dieron al irse de la General Motors), uno más buscándose las lochas de Catia a Petare o viceversa, uno que había salido de Antímano y solo trataba de sobrevivir sin muchos estudios en su currículo. No le harían falta. Anoche, la calurosa noche madrileña del 27 de julio, los taxis estaban afuera esperando por la enfervorecida multitud de venezolanos, peruanos y otros latinos ‒también algún que otro canario que seguramente recordaba los carnavales de los 80 en su propia isla‒ que salía bailando o a toda prisa por tomar el metro o conversando en grupo. Una cosa en común: todos cargaban cierta energía intangible y a la vez evidente. El show había sonado a las mil maravillas, todo el show, incluyendo el coro del público levantándose de las butacas para bailar ‒en especial a partir de Taboga‒ y el aullido de los apelotonados en la olla.

Oscar D’León, antiguo taxista, el tipo que metió la pata una vez con los cubanos mayameros, a sus 79 sigue siendo un fenómeno caribe y conserva el don de la improvisación: incluso cuando en mitad de un número, el bajista le grita que ya no puede más, que el instrumento le está fallando y anda fuera de tono, D`León para y se pone él mismo como ejemplo de honestidad al decirle al público lo que sucede. Dice que lo mismo sería si el pantalón se le rajara por detrás (se da la vuelta para darle el culo a la multitud); que si eso sucediera, igual habría que decirlo.

Antes se había puesto a nombrar países latinoamericanos por su gentilicio, a ver con qué nacionalidad el público alborotaba más. Ante la mención de Cuba no hubo reacción; ante las menciones de Perú y Venezuela, el acabose. Una buena respuesta ante Colombia y Dominicana, aunque a menor escala. Los peruanos fueron en masa a esta cita de anoche porque antes había abierto la jornada una mujer de raigambre en su tierra, Eva Ayllón. La adoran y se saben sus canciones.

Lo mejor de estas noches del Botánico, como suele suceder en otros espectáculos armados en Madrid, probablemente sea el público. Suele ser regalado, cívico y alegre.  La playlist de Oscar D’León agrupó casi todos sus grandes éxitos desde la Dimensión Latina hasta hoy. Su orquesta es un trabuco de virtuosos. El sonido fue de alta calidad. La mejor interpretación, probablemente toda la parte de metales durante el soneo de Mata siguaraya. La peor, el Alma llanera prácticamente masacrado casi al final ‒una concesión populista tal vez‒, versión desteñida, fuera de registro. Todo lo demás valió la pena.