Dios mío, ¿qué vamos a hacer con la comunicación social?

Fernando Delgado, alias Piporro, anda entre Caracas, Madrid, Bogotá y Aruba, es decir, por donde transitan sus cuatro hijos: de mayor a menor, Fernando Segundo, Maite Coromoto, Ramón David y […]

Fernando Delgado, alias Piporro, anda entre Caracas, Madrid, Bogotá y Aruba, es decir, por donde transitan sus cuatro hijos: de mayor a menor, Fernando Segundo, Maite Coromoto, Ramón David y Victoria Eugenia. Quedó viudo por segunda vez en diciembre de 2021, de la periodista Berenice Gómez. A su paso por Madrid en julio de este año habló largo y tendido en La Central, la acogedora librería de Callao. Lleva encima la experiencia de una extensa carrera, en especial dentro del periodismo institucional. Hoy, cuando casi llega a los 80, mirando hacia atrás sin ira, teniendo en cuenta el declive actual de lo impreso y el eventual triunfo de la banalidad, acaba por preguntarse eso mismo que está en el título: «Dios mío… ¿qué vamos a hacer con la comunicación social?»

Sebastián de la Nuez / Fotos en b/n cedidas por Fernando Delgado

Fernando Delgado es una leyenda del periodismo institucional. Estuvo muchos años en Lagoven, antes la Creole. Fue profesor en Comunicación Social en la Universidad Católica y, antes que todo eso, fue nada más un chiquillo muy curioso de colegio en colegio por varios estados venezolanos, porque su familia debía seguirle los pasos al padre, quien debía supervisar las penitenciarías de todo el país. Fernando Delgado conserva su humor, su talento, su talante afable. Afirma que su vocación fue prenatal porque desde niño era curioso. Le encantaban las reuniones de los mayores y andaba por ahí cerca oyendo de qué hablaban. Recuerda que le interesaban las costumbres de la gente y las calles de su pueblo, que era Calabozo. Sí, claro que era otra época. Los caballeros venían caminando por la acera y, cuando aparecía una dama, se apartaban para que pasara. Fernando Delgado tomaba nota, mentalmente o por escrito, de todas aquellas cosas.

Lagoven es una de las empresas emblemáticas de la Gran Venezuela, después de que la industria petrolera fuera nacionalizada por Carlos Andrés Pérez en 1976. Delgado estuvo durante 31 años allí, en su departamento de Comunicaciones. Hacía seguimiento noticioso del acontecer económico y sobre todo petrolero, a través de la Prensa. Una pasión cotidiana, mejor que un trabajo. Su periplo profesional comprende, además de Lagoven y la UCAB, casi primero que todo Radio Caracas Televisión; y mucho antes de todo eso, la familia Delgado Orbio se había trasladado de Calabozo a Caracas en 1948.

Fernando Delgado en los tiempos en que comenzaba (hacia 1958).

‒Cuando nos mudamos a Caracas, tendría yo 7 años, me impresionó el frío. Yo no conocía el frío. La temperatura promedio en Calabozo era de 30 o 32 grados. El frío me llamó la atención, y las casas de dos pisos ¡asombro! Entonces se me ocurría recorrer la ciudad. Me montaba en un autobús que me costaba una locha hasta Chacao. Vivíamos en la esquina de Cruz Verde, a una cuadra de la iglesia de Santa Teresa. Mi casa estaba en la mitad de la calle donde comenzaron a construir la avenida Bolívar. Yo vi la construcción de la avenida Bolívar. ¡Y de las torres!

‒Eso es tener memoria urbana del siglo XX caraqueño, ¿no? De modo que su vocación le nació desde pequeño.

‒Sí, mi padre trabajaba en el Ministerio de Justicia como director de  Cárceles y eso nos llevó a toda Venezuela. Y yo en todas partes preguntaba cosas y anotaba. La secundaria la hice en Barcelona, allí estudié en el liceo Cajigal. Estudié en Apure, Mérida, Monagas, Ciudad Bolívar… En Barcelona me hice cargo del periódico mural. Me entusiasmaba el periodismo. Y en la parroquia de mi casa, un padre de apellido García tenía un periódico que se llamaba Clarín y me encargó la dirección, teniendo yo… ¿qué, 16 años? Bueno: ¡dirigía el periódico Clarín!

Pasó el tiempo. Estando en Caracas, un día en el periódico La Razón ‒su sede se hallaba de Hoyo a Cipreses‒ que él compraba todos los días, salió un anuncio. El responsable allí era Kotepa Delgado. El anuncio era una especie de invitación:

‒Al final descubrimos que era un concurso, tú hacías reporterismo para el diario La Razón para que, al final, La Razón escogiera a un reportero ya formalmente. De los ocho que estuvimos trabajando allí (yo cubría Policía, Congreso, Fedecámaras, Miraflores…), fuimos elegidos tres. No me acuerdo de sus nombres pero ninguno de ellos aceptó porque uno se fue a El Nacional y el otro a El Universal, y así… Yo me quedé en La Razón como reportero hasta que un día me llama el director, Marco Aurelio Rodríguez. Me despidieron porque el periódico cerró. Eso fue en el 58. Me quedé sin nada. Tenía que trabajar. Una tía mía con la cual vivíamos en la esquina de Las Piedras, muy amiga de la esposa de Guillermo Tucker [directivo de RCTV] me consiguió un puesto en el departamento de Prensa de Radio Caracas, que daba servicio a las tres emisoras del grupo: Radio Caracas Radio, Ondas Populares y Radio Caracas Televisión. Comencé como redactor, de Bárcenas a Río. Eso fue en 1959.

‒¿Cómo era el trabajo allí en esa época?

‒Había apenas un par de reporteros. Uno copiaba las noticias para las dos emisoras, Ondas Populares y Radio Caracas Radio; y teníamos también El Repórter Esso, el primero con las últimas. Estuve hasta el 61. En ese año fue el examen de admisión de Periodismo en la UCAB, donde estaba el padre (Alberto) Ancízar. Debo agradecerle a Rafael Velásquez, que era mi jefe, quien también participó en el examen de admisión y aprobó. Fue mi gran profesor allá en Radio Caracas, lo mismo que Gilberto Alcalá. De modo que Velásquez y yo aprobamos… Yo era asistente de Velásquez y no podíamos dejar solo el departamento, sobre todo en la tarde. En la Escuela había clases desde las seis de la tarde. Un día Rafael me dijo: te quedas tú, yo me voy. Oye, fue espectacular ese apoyo que me mostró Rafael. Lo cierto es que combinaba mi trabajo en el canal y en la emisora con los estudios por la noche. Yo dejaba listos Noticias PanAm y El Observador. Recuerdo que era película, no video. Las películas las hacía Bolívar Films. Teníamos  un editor y cortaba con una maquinita.

‒¿Por qué le llamaban Piporro?

‒Porque me salían muchas espinillas. Lo cierto es que hice los cuatro años de la carrera, me gradué y ya era jefe de Prensa.

Salió del holding mediático en 1969 porque tuvo un problema con un «seudodirectivo que no viene al caso nombrar». Delgado había establecido una buena relación con el jefe de Prensa de la embajada de Estados Unidos y por eso viajaba mucho: todos los años, el funcionario norteamericano le encargaba formar un grupo de periodistas con el propósito de invitarlos a recorrer algunas ciudades de Estados Unidos. Estaba el grupo en Cabo Cañaveral para el lanzamiento del cohete que fue a la Luna y, en ese momento, lo llaman desde Caracas: «Mira, te botaron».

Rafael Poleo ya estaba trabajando allí y se llevaba bien con él. Según Delgado, no tuvo nada que ver con su despido. Poleo no sabía nada de televisión, venía de la prensa escrita y él se había ocupado de apoyarlo, de enseñarle algunas cosas.

‒Después me invitó a almorzar y me explicó todo, quién había sido y por qué. Resulta que para el lanzamiento del Apolo XI de Cabo Cañaveral, Radio Caracas tenía la exclusiva. Esa persona tenía la coordinación de ese evento y una noche me llama y comienza a darme órdenes y le dije «discúlpame, tengo quince minutos para salir al aire», y le colgué el teléfono… El carajo me botó. 

Había hecho buena amistad con Everett Baumann, corresponsal de la UPI. Dirigía The Daily Journal. Tras su despido de RCTV, estando ya sin trabajo, Freddy Mussiotti, jefe de Prensa en Miraflores (era la presidencia de Rafael Caldera) le dice «necesito que te quedes con la jefatura de Prensa de Miraflores» pues a él lo iban a nombrar director de la Oficina Central de Información, OCI. Le contestó que lo dejara pensar en esa oferta por unos días… Pensó: «Son cuatro años de trabajo, cuando Caldera termine, me quedo sin trabajo». Pero le iba a decir que sí cuando lo llama Baumann, a la vez gerente de Relaciones Públicas de la Creole Petroleum Corporation y le hace la propuesta de incortporarse a Prensa de la compañía.

‒Le dije que sí inmediatamente. Estuve 31 años en esa empresa.

Allí dirigió la prestigiosa revista El Farol, junto con el profesor Omar Vera López. De Vera López dice que «se afincaba en las viejas técnicas, no quería modernizarse, se mantenía en el viejo periodismo impreso. Excelente persona».

Éramos el jefe de Prensa más dos redactores. Por la mañana se hacía el resumen de los periódicos. Le dije un día a Bauman, que era mi jefe, eh, por qué no puedo cubrir la fuente (yo tenía acreditación en Miraflores) y él me dice ok, de modo que iba a las ruedas de Prensa presidenciales de los jueves y después a la junta directiva… Bueno, no te imaginas la impresión que les causaba cuando les daba las noticias directas. También lo hacía con Fedecámaras. Se impresionaba toda la junta directiva. Eran cuatro o cinco, dos americanos y los demás venezolanos. Se asombraban por recibir la noticia del mismo día; el mayor asombro fue cuando CAP anunció la nacionalización de la industria petrolera. Carlos Andrés siguió la idea de Caldera de reunirse una vez a la semana con la Prensa.

Fue una experiencia espectacular, lo mismo que la docencia. Siendo jefe de Prensa de la Creole, recibí un día un sobre de la UCAB: usted ha sido designado profesor de la Católica. Llamé a Alberto Ancízar Mendoza, le dije que le agradecía mucho pero que no era profesor, y el padre contestó que sí lo era. Fui a Montalbán. Me explicó. Bueno, duré treinta años; me retiré por circunstancias que no me agradaron. Había un director que no voy a mencionar; a mí todos los años me elegían presidente del jurado de alguna tesis de grado… Una vez recibí una tesis y la rechacé, hablé con el alumno y le dije qué era lo que tenía que corregir y el alumno, al parecer, era pana del director y me asombré cuando, en el acto de grado, el tipo se gradúa. Yo solo le había echado para atrás la tesis para que mejorara ciertas cosas. En todo caso, la UCAB fue una experiencia extraordinaria.

Fernando Delgado en su oficina de Creole, circa 1975.

CALABOZO

Dejé de ir a Calabozo porque la última vez vi aquello abandonado, las casas derruidas, un pueblo con cuatro iglesias, una plaza Bolívar que ocupa una manzana… No tengo nada que hacer ahí, me da dolor ver lo que ha pasado. Llegó a ser capital del estado Guárico, en los años veinte. Gómez le quitó la capitalidad por culpa de unas aguas termales, para dársela a San Juan de los Morros. Fue una ciudad importante, fundada en 1724 por uno de mis ancestros. Ahora me he mudado a la casa de Mayte, un pent house en un edificio de cuatro pisos (en Caracas). Están las personas que trabajan para ella y yo, porque, ¿qué hago yo solo? Mi primera esposa se llamaba María Teresa González, la madre de los tres primeros. La madre de Victoria fue mi segunda esposa. Cosas que pasan.

CENSURA Y RADIO

No, nunca sufrí censura cuando estaba en Radio Caracas. No recuerdo presiones, al menos yo no las tuve. Antes, la gente se sentaba a escuchar radio: la radionovela y los noticiarios, sobre todo al atardecer. Y en los vehículos.

FRANCISCO AMADO PERNÍA

Francisco Amado Pernía no se equivocaba nunca, él me hacía caso, yo había aprendido de televisión con solo verla nada más… él tenía un gesto con la mano y le dije que eso distraía a la gente. «Mantén solamente el gesto del bolígrafo, lo haces al comienzo y al final la gente va a saber que terminaste… No te muevas, no voltees…» ¡Era un ser extraordinario! Después que se retiró, vivía al lado de mi casa, en la esquina de Las Piedras. Mi casa estaba a una cuadra de Radio Caracas, de Piedras a Bárcenas.

RENNY OTTOLINA

Gran profesor mío fue Renny, fuimos muy amigos. Estrechamos más la amistad porque un día recibo una llamada del presidente de Radio Televisión Dominicana. Quería un programa de Renny que se llamaba Mi angelito más pequeño. Me dijo que iba para Venezuela y que quería hablar con Renny. Fui a hablar con Renny. José María Pérez Perelló se llamaba el hombre. Concertamos la cita y lo llevé a casa de Renny, allá, tras las colinas del Eurobuilding, arriba. Fuimos e hicieron el negocio.

ESTADÍA EN MADRID

Aquí, ahora, todo es periodismo de opinión. En un quiosco en Retiro, ¡la cantidad de revistas que hay…! El otro día estaba yo parado al lado de un kiosco. De veinte personas que fueron a comprar el periódico, cinco eran mujeres. Pero no hubo ni una persona joven que comprara periódico. Ahora todo el mundo está con el móvil. Hay un cambio radical. No sé si en otros países la gente compra prensa impresa.

EL OBSERVADOR CREOLE

Mi última etapa en El Observador Creole fue como jefe de Información, daba la pauta diaria. Mandaba un camarógrafo con cada reportero. Los reporteros eran de medios escritos. Gumersindo Villasana, por ejemplo, era de El Universal. Estaba fijo en el aeropuerto. Mi reportero de Sucesos era ‘el Cojo’ Lira, que trabajaba para la Cadena Capriles, creo que para Últimas Noticias. Y mi reportero de Política era Carlos Jaén, que también estaba en la Cadena. Toda mi gente trabajaba en los periódicos, había muy poca gente individual de TV. El camarógrafo llevaba micrófono pero el reportero poco aparecía, primero porque no le convenía por su puesto en el periódico. Entonces los sonidos eran directos, salvo cuando me interesaba una entrevista; entonces yo les decía expresamente que entrevistaran a este o al otro. Luego comenzaron a aparecer los periodistas en cámara, y eso se aceptaba porque les daba, a sus periódicos, proyección.  Ellos lograron que les permitieran aparecer en cámara.

LA COMUNICACIÓN SOCIAL

Le llaman la atención dos muchachos sentados frente a frente en una mesa contigua, en la cafetería de La Central. Los chicos no conversan entre ellos, cada uno ve su móvil. Hace pocos días, cuenta, le dijo al taxista que lo llevaba que dejara el móvil tranquilo. Iba a arrollar a alguien. Dice: «Lo más importante es la comunicación. No creo que la información que reciban [estas personas que permanecen horas pegadas a un teléfono celular] sea lo que pasa en el mundo. Se enteran de lo que le pasa a alguien… El caso que comentabas, la crueldad de repetir constantemente que lo picaron [se refiere al crimen de Carlos Lanz, en Venezuela] en trozos y se los dieron de comer a los cochinos: eso no es información, es una enfermedad. Cuando recibo información, veo de qué se trata y generalmente no me interesa. No hay información general importante sino chismes. Dios mío, ¿qué vamos a hacer con la comunicación social?